El valor de la información: interpretando la realidad

¿Por qué no preguntamos quién falsificó los papeles que aseguraron
que Saddam Hussein compró uranio? Sabemos que son falsos.
Fue un pretexto para la guerra. ¿Por qué no es una pregunta diaria?

George Clooney

por Cristina Paredes Sigüenza

Si somos lo que vemos, el poder de los grandes medios de comunicación radica en que son los instrumentos de difusión de los bienes culturales, y ante esa soberanía, apoplejado de la aparente falta de concienciación ante tal fuerza, Pierre Bordieu les pregunta a los que manejan todo este mundo, hoy convertido en industria, ‘’amos del mundo, ¿acaso ustedes dominan su dominio? (…) ¿saben que es lo que están haciendo y las consecuencias que ello acarrea? El comentario generalizado es el de que gracias a la llamada explosión of media choices será posible satisfacer todas las demandas con una oferta adecuada. Pero lo que puede llegar a producir verdaderos escalofríos entre los pocos intelectuales de nuestro tiempo es darse cuenta de que lo que los medios llaman triunfo democrático a la hora de escoger la información que harán llegar a los consumidores está en realidad basado en la ley del mercado, la del beneficio, y aunque el triunfo sí sea para lo escogido por la mayoría; aquí queda pendiente el concepto de criterio de elección o de manipulación de esas valoraciones.

Es tremendamente fácil evidenciar que a pesar de la diversificación extraordinaria de la oferta existe una uniformización alarmante de los programas de televisión, que los mismos canales tienen la tendencia, cada vez más pronunciada, a difundir con una similitud horaria que deja clara la interdependencia regida por la competitividad entre las múltiples redes de comunicación, luchando por el mayor número de audiencia. Se difunden el mismo género de artículos, producidos con costos mínimos. También es un hecho el de la homogeneización de los periódicos, cada vez a más, y de las revistas semanales de la prensa rosa.

A todos estos datos preocupantes se sigue que, incluso a la idea de competencia que podría hacer surgir un poco de originalidad y calidad en los productos, se le opone el hecho de que existe una conglomeración sorprendente de los grupos de comunicación, de modo que las actividades de producción, explotación y difusión acaban desencadenando situaciones de abuso de posición dominante, favoreciendo los productos de la misma empresa. Es alarmante ver como la mayor preocupación es la búsqueda del máximo beneficio a corto plazo, afectando también a las ediciones de libros –y no olvidemos la crisis del cine de autor a falta de circuitos de difusión-, únicamente orientadas hacia el éxito inequívoco a partir de estrategia que repiten una y otra vez los mismos temas. Pero lo peor de todo esto es que el éxito en realidad existe, ¿es necesaria entonces una reformulación del problema que avise de la falta de criterio público? ¿Podremos seguir hablando mañana de producciones culturales y, al cabo, de cultura?

Lo que hay que recordar aquí para comprender todo este funcionamiento es como se constituyeron los espacios de consagración de las grandes obras de arte que hoy consideramos universales, tanto si hablamos de artes plásticas, como de literatura o de cine. La mayoría de ellas se fueron conformando poco a poco, pues son el producto de un mundo regido por unas leyes de la lógica del beneficio y encuentran su éxito –en general tardíamente- librándose de ese universo social. Aún así, también gran parte de los clásicos universales fueron ‘’preeditadas’’ en base a las exigencias del mejor postor, aunque éste solía ser entonces, en general, alguien muy alejado de lo que hoy conocemos como el gran público, la masa; y con un criterio y unas inquietudes como mínimo muy diferentes. Citando a Bourdieu, ‘’en realidad presenciamos una lucha entre una potencia comercial que pretende expandir universalmente los intereses particulares del comercio y de sus amos y una resistencia cultural basada en la defensa de las obras universales producidas por la internacional desnacionalizada de los creadores’’. (Tomado de Pensamiento y acción, Buenos Aires, Libros del Zorzal, 2003. Págs. 91-100, en ‘’preguntas a los verdaderos amos del mundo’’)

Pero para que esta lucha no esté tan desequilibrada hay primero que plantearse como se articulan las relaciones entre información, comunicación y poder, analizando la amplitud de la fuerza de la comunicación dentro del marco de la globalización. Hasta ahora se había pensado que los medios de comunicación tradicionales, tales como la radio, la prensa escrita y la televisión, permitían la realización de la libertad de expresión, principal característica de la democracia. Pero en el marco actual surge la pregunta de si los intereses de los medios de comunicación son los mismos que el de los ciudadanos.

Un clarísimo y escalofriante ejemplo de esto podemos verlo en el documental Control Room, de la directora egipcia Jehane Noujaim. Explica la percepción de la guerra de Irak y como los ciudadanos norteamericanos son manipulados por los medios de comunicación. Pero hay algo aquí que va más allá y que hace que el título de este reportaje no pueda ser más acertado, pues realmente las cadenas de televisión se convierten en la sala de control a nivel internacional. Aparece el presidente estadounidense G. Bush –también lo harán el vicepresidente Dick Cheney y el ministro de Defensa Donald Rumsfeld- afirmando que el régimen de Saddam Hussein posee armas de destrucción masiva y que está dispuesto a utilizarlas contra los EUA, esto es, que la población corre un serio peligro que debe combatir para defenderse y sobrevivir. El principio del que parte la opinión pública internacional es que unos datos provenientes de tales autoridades deben de ser ciertos; la investigación se dejará para más tarde. Ante la alarma de que el régimen iraquí estaba a punto de dotarse de armas nucleares el comportamiento de los medios de comunicación, de la prensa y las emisiones en principio más serias, no sólo confirmaron las palabras de sus políticos, sino que además se lanzaron a publicar una serie de artículos que confirmaban “de primera mano’’ que todas las afirmaciones eran ciertas en lugar de interrogarse sobre ellas. Demasiado se tardó en saber que esa guerra se hizo en nombre de argumentos falsos e interesados, y que la opinión pública creyó, apoyó y reforzó gracias a la labor de los medios. Pero aún hay más, ¿cómo es posible que escándalos como el de la soldado Lynch, el numerito de un supuesto grupo de iraquíes haciendo caer la estatua de Sadam, y en fin, un sinfín de manipulaciones, hayan quedado prácticamente relegadas a unos pocos segundos en los noticieros internacionales? La noticia está servida con estos escandalosos descaros, ¿por qué entonces la difusión no ha tenido más amplitud? ¿nos hemos olvidado tan pronto de que se invadió y bombardeó un país sin autorización de las Naciones Unidas?

La falta de distancia crítica es la consecuencia directa de la conexión entre medios de comunicación y poder, y/o intereses económicos muy ligados al poder. Y la verdad es que no hay que irse tan lejos para comprobar esto, tenemos también el ejemplo de los atentados del 11 de marzo en España, cuando el presidente del gobierno se dirige directamente a los medios para afirmar que el autor de los atentados es ETA, ‘’verdad oficial’’ que también apoyará el propio ministro de interior en los medios dominantes. Otra vez una versión alejada de la ‘’verdad real’’. Utilizando de nuevo un comentario de P. Bourdieu, ‘’Yo no pienso que los profesionales sean ciegos. Ellos viven, creo, en un estado de doble conciencia: una visión práctica que les lleva a sacar el mayor partido, algunas veces por cinismo y otras sin saberlo, de las posibilidades que les ofrece el instrumento mediático del que disponen (me refiero a los más poderosos de entre ellos); de otro lado, una visión teórica, moralizante y plena de indulgencia hacia ellos mismos, que los lleva a renegar públicamente de la verdad que ellos mismos han ayudado a ocultar.’’ (Entrevista a Pierre Bourdieu, realizada por P. R. Pires y publicada en “O Globo” (Río de Janeiro) el 4 de Octubre de 1997.)

Además, si un sector estratégico de la economía es la información, no es de extrañar –aunque sí de preocupar- que hayamos visto llegar a industriales de otros sectores y capitaneados por otras intenciones a los grandes grupos mediáticos. Para empezar, dos franceses: Dassault y Lagardère, que son dos magnates de la industria armamentística (se dedican a la construcción de aviones militares y misiles), y que también dirigen los dos grupos mediáticos más importantes en Francia. Y el grupo mediático francés más importante es propiedad de un empresario de la construcción en obra pública. Por los motivos ya sabidos se invierte en la comunicación desde sectores bien distintos, y es que esa inversión puede resultar estratégica y obtener de la industria de la información una gran rentabilidad en aspectos tanto económicos, como ideológicos o políticos. Se puede también ir a preguntar a Silvio Berlusconi o a Rafik Hariri. Le hace a uno plantearse qué tanto queda lejos de nosotros la obra -hace poco versionada en el cine- de Alan Moore, V for Vendetta.

Todo este descalabre de la calidad informativa va en aumento, cada vez más con la proliferación de canales comunicativos, esto es, de la oferta, pues la cantidad no va aquí para nada emparejada con la calidad. Lo que se pretende es conseguir el mayor número de público para los anunciantes, así pues, la información debe ser fácil, sencilla, muy digerible, sensacionalista, y cuanto más espectacular mejor. Para poder ser consumida por la gente, por ‘’la gran masa’’, lo que se ofrece será sencilla y maniquea para ser consumida sin dificultad, eliminando los obstáculos entre la información y el público tanto de conocimiento como de dinero. Y bajo esta premisa nos encontramos con la aparición de los periódicos gratuitos. Pero si la información se regala, ¿qué dinero están dispuestos a gastarse en ella, en su investigación y producción? Primará la búsqueda del menor coste posible, buscando sólo los ingredientes claves que Carl N. Warren considera en su obra Géneros Periodísticos Informativos, a saber: actualidad, proximidad, consecuencias, relevancia personal, suspense, rareza, conflicto, sexo, emoción y progreso. En una conferencia en 2005 Ignacio Ramonet afirmaba que “poco a poco, la información se está degradando y cada vez es más difícil encontrar un medio (de prensa escrita, de radio, de televisión…) que sea suficientemente exigente (…)”. (Transcripción de la conferencia impartida el 28 de junio de 2005 en el Casal Pere Quart de Sabadell, en el marco del ciclo “Televisió, política i poder”)

La situación paradójica es que nunca ha habido tanta sofisticación tecnológica para informar de manera satisfactoria como ahora, y sin embargo, la tendencia general es la de recibir información de bajísima calidad, a pesar de que haya aun algunos medios en algunos países que son muy exigentes, y de que todavía existen periodistas muy exigentes, pero estos son una minoría que deben intentar sobrevivir ante el gigante de los poderosos que acaparan casi todo el público. La sobreabundancia de información nos llega mezclada de mentiras, datos confusos, información poco corroborada y muchos silencios. Una información que en la mayoría de los casos desinforma, pues como apuntaba Al Gore, a veces más peligroso que no saber algo, es creer que se sabe algo cuando no es cierto.

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