Sobre el sujeto de la revolución. Reflexión sobre estrategia. Parte Segunda

EL PLAN ESTRATÉGICO LIBERAL,
UNA GUERRA PROLONGADA.
No es posible en un texto de estas características profundizar en cada una de las batallas que los liberales libraron contra la comunidad popular en “La democracia y el triunfo del Estado”[1] se hace un análisis de los momentos decisivos de ese ataque a las estructuras populares que fue la revolución liberal que comienza con  la destrucción del comunal a través de la profusa legislación devenida de la Constitución de Cádiz. El más temprano fue el decreto de 1813 por el que los terrenos y baldíos de propios se repartieron, después se fueron implementando medidas parciales hasta las grandes leyes desamortizadoras que se aplicarán durante un periodo muy dilatado.
El objetivo era conseguir que todas las tierras y toda actividad económica tributaran al Estado de modo que éste obtuviera los ingresos para sostener su continuo crecimiento, poner las bases para el desarrollo de un capitalismo incipiente dependiente en todo del apoyo de las estructuras de poder, pero sobre todo, en el plano de lo estratégico se trataba de desalojar el comunitarismo popular y hacer universal el principio de propiedad y con ello eliminar el derecho anti-romanista que regía el uso de los medios para vida y la gestión colectiva de la economía que eran las bases materiales de la comunidad popular e imponer el egoísmo y el interés particular que son las señas de identidad del sistema.
Se dictaron igualmente normas contra todas las formas de unión y agrupación no controladas por el poder, en 1820 se publicó un decreto de prohibición de asociaciones y en 1822 el artículo 317 del código penal volvió a incidir en el mismo sentido. La predisposición del sujeto tradicional a asociarse mancomunadamente con sus iguales fue proscrita a la par que se impulsaban las agrupaciones políticas y corporaciones de afinidad o partidos que, segregados por el aparato de poder parodiaban un enfrentamiento, ficticio en las alturas, pero real entre las clases subordinadas, en ellos se apoyaron para destruir  la unidad de la comunidad.
Efectivamente, por encima de toda división de opinión, pensamiento o creencias la comunidad popular se había mantenido como una unidad en la diversidad; la tolerancia y la indiferencia hacia todo lo considerado personal fue la norma, mientras que el debate hermanado sobre los asuntos comunes se producía en un entorno afectivo e integrador y eso hacía muy estable su estructura. La revolución liberal, al crear el sistema de partidos y parlamento construye grandes sistemas doctrinarios que se presentan como excluyentes, polémicos y antagónicos, cargados de ambiciones y sinecuras y que captan seguidores inoculando el fanatismo dogmático allá donde triunfan. En “El concepto de lo político” Carl Schmitt define el orden parlamentarista con un centro que es definir al enemigo y mantener la hostilidad permanente entre grupos.
En un estudio sobre la protesta popular y la política en Bermeo a principios del siglo XX[2] se muestra con toda claridad como la Cofradía, que tenía un significado papel en la vida social de la localidad es dinamitada por los intentos de copar la dirección que hacen los partidos al inicio del siglo XX, dividiéndose en facciones de orientación política contraria lo que produjo que, donde había una asociación que aunaba a todo el pueblo y en la que había diversidad y convivencia, surgieran varias agrupaciones que luchaban entre sí destruyendo la armonía y belleza de las instituciones populares. Es lógico que en muchos casos el pueblo no considerase un avance la concesión del voto a los hombres en 1890 pues su objetivo era justamente enfrentar a los que antes estaban unidos (tampoco puede considerarse un ascenso de la libertad, lógicamente, el voto femenino en 1931).
Se mantuvo, sin embargo, la costumbre de hacer frente unidos a los avatares de la vida y se siguieron constituyendo sociedades de socorros mutuos, cooperativas y otras asociaciones que mantenían vivo el tejido social horizontal e impedían la completa imposición del programa estratégico del Estado manteniendo la autogestión en las cuestiones esenciales de la vida. Es muy representativo el reglamento del Círculo obrero de Casas de Benitez, “La Fraternidad” publicado en 1912, en este pequeño pueblo conquense, la asociación de agricultores modestos, colonos y obreros rurales  establece como base fundacional de su asociación “quitarle todo carácter de empresa de ganancia o lucro” y dedicarlo al único fin del “socorro mutuo”. La naturaleza de estas agrupaciones no puede ser entendida en nuestros tiempos fácilmente porque corresponde a formas sociales hoy desaparecidas, no se puede comparar con una “empresa de servicios” como muchos tienden a pensar hoy, sino que era una adecuación de las complejas formas de convivencia e interdependencia que la comunidad popular había tenido desde siempre, algo que expresaba la capacidad para vivir en común de esas gentes.
Los intentos de crear movimientos corporativos de carácter político o económico chocaron constantemente con una resistencia fuerte entre las gentes populares que muchas veces fue violenta y siempre auto-organizada. También fue dura y encarnizada la rebeldía contra el Código Civil que pretendía imponer el modelo patriarcal del Código francés napoleónico de 1804 extremadamente limitativo y dañino para la condición de la mujer, este modelo, que chocaba frontalmente con las costumbres populares y el derecho consuetudinario, fue contestado con fuerza, de manera que una y otra vez las elites mandantes tuvieron que retroceder. Por ello no fue aplicado el Código aprobado en 1820, ni el que se presentó en 1851, ni el de 1870 y hubieron de esperar a 1889 a tener la fuerza suficiente para imponer una ley que subordinaba a las mujeres a los hombres por orden del Estado.
El derecho de familia fue estratégico para el poder constituido, a través de la legislación patriarcal se deseaba abrir una brecha social de proporciones colosales que enfrentara a mujeres y hombres y permitiera así dominar mejor a ambos[3] además de jerarquizar la sociedad y crear las que son las formas de dominio más liberticidas, las llamadas biopolíticas, que se proponen dirigir todas las dimensiones de la vida humana en función de la estrategia política de las elites mandantes.
A la vez que se atacaban las instituciones que habían ordenado la vida del pueblo se crearon las que organizaran la vida según el nuevo catón de los poderosos, de entre ellas una fundamental fue la escuela estatal que se convirtió en instrumento privilegiado para destruir la cultura oral, adoctrinar a los niños desde su más tierna infancia así como para robar las mejores mentes del pueblo a las que se cooptaba para integrarlas en las elites de mando.
Todas estas operaciones de ingeniería social no se desarrollaron únicamente por métodos pacíficos, en realidad su limitada eficacia es más notable teniendo en cuenta que todo el siglo XIX fue un auténtico baño de sangre pues además de los levantamientos, los motines  contra las quintas y los conflictos  por diversas causas que jalonaron toda la centuria, se produjo una guerra civil, no por olvidada menos sangrienta, entre 1821 y 1823[4] y las guerras carlistas cuya interpretación no debe hacerse de forma simplificadora[5]. El carácter hiper-militarista del nuevo régimen liberal fue estratégicamente decisivo pues la cantidad de violencia que se vertió de forma sistemática y duradera a lo largo de un tiempo muy dilatado fue esencial para conseguir imponer algunos de sus proyectos.
Para lo que en este caso nos importa, que es la comprensión de la estrategia, hay que anotar que en sus inicios el orden liberal tenía fuertes elementos de debilidad, su primera acción contundente y decisiva es la exposición precisa y concreta de su proyecto, la Constitución de 1812 es justamente esa declaración de intenciones y fines últimos. Éste fue un gran avance estratégico, el más fundamental de todos, porque delimitó con claridad los objetivos finales y más generales que nunca perdieron de vista a lo largo del proceso. Cada batalla que dieron no era fin en sí mismo sino medio para acercarse a su ideal, así, las retiradas tácticas o incluso las derrotas parciales no trituraron su determinación de vencer. Durante decenios mantuvieron la firme decisión de ir minando a su enemigo. Solo a finales del siglo XIX consiguen algunas victorias fundamentales que generaron una situación ya irreversible, la imposición del código civil, la desamortización del comunal, la abolición de los fueros, la conscripción obligatoria, el voto masculino y la escuela estatal entre otros.
La elite liberal atacó sistemáticamente el centro de gravedad de su enemigo  que era la socializadora unidad, la autosuficiencia, la vida horizontal como ley suprema del existir humanamente, la propiedad colectiva, las instituciones políticas democráticas, el desapego a las cosas superfluas y el cariño a la tierra y lo cercano entre otras muchas que habían generado una cultura milenaria, con medidas que limitaban estas cosas a la par que fortalecían la capacidad de mando y organización del Estado, de forma que fue cambiando la correlación de fuerzas entre ellos. Usó la violencia resueltamente sacrificando la comodidad del statu quo para precipitarse en una tolvanera de crisis y conflictos largos y penosos. Las elites poderosas tuvieron siempre la visión del largo plazo, no inmolaron sus objetivos futuros a las necesidades inmediatas y rehicieron sus estrategias concretas en función del análisis de los acontecimientos.
Quiere decirse que el proceso de construcción del Estado actual ha sido un largo conflicto dirigido según un plan estratégico muy meditado y perseverantemente ejecutado.
A pesar de la dureza de las medidas llevadas a cabo durante todo el siglo XIX  durante el primer tercio del XX el poder constituido a partir de Cádiz siguió siendo contestado y atacado sistemáticamente, una parte del naciente y pujante movimiento obrero se miró  en las formas de la tradición popular cuyas señas de identidad e instituciones tenían todavía una fuerte pervivencia.
Los detentadores del poder usaron los métodos más crueles pero también las intervenciones políticas más creativas, la II República fue un golpe fenomenal a la conciencia libre de las clases subordinadas, creó una ilusión, un espejismo de cambio que, entre las organizaciones obreras fue solo denunciado por CNT que, con cifras, revelaba el carácter represivo del nuevo régimen. Para el análisis de ese periodo histórico que no podré abordar en este texto remito al lector al capítulo que en “La democracia y el triunfo del Estado” le dedica Félix Rodrigo Mora.
Solo añadiré que para cualquiera que estudie en detalle los numerosos enfrentamientos que  se produjeron entre los trabajadores de la ciudad y del campo y las fuerzas de orden público, se hace patente que el recuerdo y la defensa de las antiguas libertades populares estaba presente en una gran parte de ellos. En este sentido es especialmente significativo el choque violento que se produjo en Yeste, en la provincia de Albacete, en mayo de 1936 y que enfrentó a los vecinos de la localidad con la Guardia Civil con el resultado de 17 personas muertas y casi un centenar de heridos. Este incidente, reprimido con una contundencia tan feroz por una Guardia Civil a las órdenes del gobierno del Frente Popular salido de las urnas en febrero de ese mismo año, tuvo como origen el movimiento de los vecinos para recuperar las tierras comunales que les habían sido arrebatadas por la ley de Desamortización Civil de 1855[6]. Estas mismas ideas colectivistas eran el origen de la denuncia en Solidaridad Obrera, en enero de 1933, de la llamada “revolución agraria” de la que se dice que pretende crear gentes insolidarias, egoístas e individualistas[7], efectivamente, la  llamada al reparto de tierras y la propiedad privada sobre ellas no era considerada como un gran bien por quienes todavía tenían el recuerdo vívido de una forma superior de vida basado en compartirlo todo con los iguales.
La Guerra Civil fue la desembocadura natural del enfrentamiento entre dos fuerzas que se midieron durante más de un siglo, a falta de una reflexión profunda e imparcial de este acontecimiento cuya importancia histórica y complejidad fáctica no puede ser puesta en duda, se puede aseverar que la guerra de 1936 a 1939 es el punto de inflexión que abre una etapa de triunfo del Estado en el que nos encontramos en el presente.
La Guerra Civil con su epílogo en la lucha agónica del maquis en las zonas rurales culminó la primera parte de la revolución liberal, la feroz represión franquista dio paso a una época de abatimiento del movimiento obrero desconocida hasta entonces cuya principal causa, a mi entender, no fue la represión, no fue el miedo ni la cobardía, sino la falta de discernimiento de los motivos de su derrota. Las versiones triunfalistas y alucinadas de los partidos de izquierdas vinieron a liquidar con más saña cualquier intento de reflexión serena, de auto-evaluación o auto-crítica que hubiera permitido rehacer la moral de combate en las fuerzas populares por el ascenso de la conciencia de su capacidad de lucha.
Resulta desolador que no tengamos hoy, de un acontecimiento tan cercano y con una documentación tan abundante, más versiones que la que elaboró el franquismo y la que cuajó la izquierda, ambas distorsionadoras y parciales, ninguna objetiva y desprejuiciada, hacer ese balance sería sin duda un gran avance en la posibilidad de una estrategia de recuperación del sujeto social del cambio revolucionario.
El franquismo no fue únicamente represivo, tras el severo castigo que infringió a los vencidos acometió los proyectos más radicales para cambiar sustancialmente al pueblo. La des-ruralización y urbanización del país fue el más notable pues destruyó la base material de la convivencia y la solidaridad que era la comunidad vecinal, arrancó a millones de personas del entorno integrado y horizontal y las aculturó y desenraizó de forma sustancial. La ciudad es la tumba de la vida horizontal y el altar en el que se alza el Estado, conseguir una organización social perfectamente centralizada era un punto irrenunciable del programa de Cádiz que ¡por fin! se hacía realidad.
La urbanización llevaba implícito otra fundamental reforma y mutación que cambiaría de manera cardinal la forma de ser y estar en el mundo de las clases subordinadas, la universalización del salariado. Si en el pasado el amor al trabajo fue un distintivo de la cultura del pueblo que manifestaba su rechazo de la propiedad y el dinero y su adhesión a un igualitarismo objetivo basado en aquello que la mayoría posee naturalmente, ahora tornábase la antigua laboriosidad integrada y creativa en desquiciado ajetreo, actividad sin sentido dirigida desde fuera, en donde las personas desempeñan el papel de las cosas, una labor arrancada trascendentalmente de su vínculo con la vida.
Si es cierto que la salarización general fue el mecanismo para dotar a la institución estatal de los recursos económicos que permitieran poner a punto su aparato de dominación mucho más lo es que fue un instrumento decisivo para doblegar al suejto de la tradición, para triturar la independencia, creatividad, igualitarismo y socialidad del pueblo. El mejor estudio sobre la verdadera esencia del trabajo asalariado lo realizó Simone Weil en la Francia de los años 30 sobre la base de su propia experiencia como obrera en la Renault y concluye que no es la explotación económica la peor de las lacras de esa actividad forzada como plantearan las corrientes marxistas, sino la enajenación que hace de los elementos fundamentales de la condición humana, especialmente el agotamiento interior, el vaciamiento de toda vida intelectual, afectiva, social y personal durante un tiempo tan dilatado de la existencia individual que transforma al sujeto en casi una no-persona. Que tal actividad se asuma de forma voluntaria e incluso se ensalce, justificándose así el vivir como esclavos a cambio de dinero, viene a profundizar esa brecha brutal que anula la dignidad personal que había sido seña de identidad del indócil pueblo ibérico.
El franquismo, en otro orden de cosas, consiguió hacer efectivo el Código Civil de 1889 y establecer, en la parte de la vida que pueden controlar las instituciones -que se hacía cada vez mayor- la subordinación de la mujer que pasa a ser tutelada por el varón como representante y ejecutor de la ley estatal. Ésta era una maniobra fundamental para abrir una brecha de dimensiones catastróficas en las clases subalternas pues enfrentaba a mujeres y hombres y hacía que ambos se vieran entre sí con resentimiento y mirasen al Estado como aliado. Se creó un modelo inicial, muy activo, de feminismo de Estado con la Sección Femenina[8] que adoctrinaba a las mujeres a la vez en su necesidad de tutela y en la oposición y enfrentamiento con el varón. Estas maniobras de manipulación mental de las mujeres, que se fortalecieron aún más con la aparición de la radio, fueron concluyentes para hacer de ellas la vanguardia en dos de las operaciones de ingeniería social más importantes del programa estatista-liberal franquista, el abandono de las zonas rurales y la emigración masiva[9] y en la actualización destructiva de la familia que pasó de ser un grupo natural integrado en la comunidad a clan cerrado sobre sí mismo, agrupación de consumo, competitividad y medro social[10]
Cada una de estas realizaciones eran, por sí mismas, letales para el sujeto popular, sin embargo el golpe final a la autonomía y la convivencia no vendría de un acto de represión sino de la mano generosa del Estado que en 1963, con la ley de Bases de la Seguridad Social, generó lo que sería la más dañina de las instituciones, el Estado del bienestar. Al asumir la burocracia estatal las funciones que habían correspondido tradicionalmente a la solidaridad entre pares se asestó un golpe formidable a la calidad de la vida horizontal. La población fue aleccionada para que confiara a los funcionarios del creciente aparato estatal lo que antes formaba parte de los vínculos sociales y afectivos. No hubo, como se quiere hacer creer hoy, una lucha de los trabajadores para que fuera el estado quien proveyera de los cuidados y asistencia básicos para la vida, por el contrario hubo cierta resistencia a asumir tal situación por lo que incluso en los años 70 anota un historiador “es curioso notar que, incluso, hoy en día, nuestros entrevistados discrepaban acerca de si el  sistema antiguo era mejor que la Seguridad Social actual”[11].
No hubo ningún avance significativo para los trabajadores que sufrieron una creciente presión impositiva para pagar un sistema increíblemente ineficaz, coercitivo y lesivo para su autonomía[12]. El sistema de servicios públicos no solo no proviene de una victoria de las  luchas obreras, lo que es obvio si se observa la situación del país a principios de los años 60 del siglo XX, sino que ha sido un instrumento para domesticar al pueblo y destruir su independencia y combatividad, convertir en mercancías las necesidades básicas de la vida, dirigir despóticamente la existencia individual y colectiva, imponer el consumo de aquellos bienes y servicios que interesan al poder y administrar la biopolítica  del Estado.
Todo lo que ofrece el Estado del bienestar destruye la autonomía del sujeto, anula su capacidad de autogestionar su vida y la de sus cercanos, tritura las habilidades y conocimientos que proporcionan independencia, destruye la creatividad que proviene de enfrentarse a las dificultades y conflictos por los propios medios, desintegra la base material de los vínculos afectivos que son los cuidados que se prodigan los familiares y los amigos. En definitiva convierte al sujeto en trabajador o trabajadora puros, entregados al quehacer laboral y al consumo y despreocupados de todo lo demás con lo que su vida les es ajena.
De entre los productos devenidos del Estado asistencial, por su importancia para el tema que nos ocupa, la crisis del sujeto social de la revolución, merece atención aparte el desarrollo y expansión del sistema educativo. Fue el franquismo quien universalizó los estudios de secundaria e hizo realidad la máxima de “el hijo del obrero a la universidad”. Bajo el régimen de Franco se formaron las primeras generaciones de la “enseñanza pública para todos”, gentes muy adoctrinadas, muy aculturadas, que imitaban en todo las formas de pensamiento y de vida de las clases altas y cuya mayor aspiración era conseguir un nivel de consumo mayor que el de sus padres.
Esas primeras generaciones fueron las que obraron la transición al sistema parlamentario, reconstruyeron el sistema de partidos según el modelo liberal, falsificaron y reescribieron la historia de acuerdo a los intereses del poder, popularizaron y difundieron las nuevas religiones políticas de la izquierda –en esos años finales del franquismo la crítica del atraso y el carácter feudal, anti-liberal y anti-moderno de la sociedad en el Estado español y la necesidad de modernizarse- y desactivaron con sus dogmáticas teorías políticas el movimiento anti-franquista en los años setenta del siglo pasado.
La transición política desde el régimen franquista al partitocrático y parlamentario ha sido un modelo estudiado e imitado en todo el planeta, fue una intervención decisiva desde el punto de vista estratégico, un golpe maestro sobre el centro de gravedad de las clases sometidas. En esencia consistió en una acción por la que el Estado se alzó como ente total e integrador entregado a fragmentar la sociedad hasta hacerla un confuso aglomerado de grupos corporativos o sujetos solitarios.
El actor o instrumento principal de la estrategia del sistema desde la transición política ha sido la izquierda, generadora del mayor crecimiento del capitalismo y del ente estatal de toda la historia. La izquierda ha sido el más perfecto instrumento de la estrategia estatalista y, por ello, quien ha gobernado durante más años. De su mano han salido las principales corrientes destructivas que han arrasado tanto al pueblo como sujeto colectivo –que ya estaba muy dañado antes- como a la estructura existencial de la persona.
La aportación del izquierdismo a destrucción de lo que quedaba del potencial autor de la revolución anti-estatalista ha sido decisiva. En primer lugar han sido los ideólogos más fanáticos  de la idea liberal del sujeto de derechos. El sujeto de derechos es esencialmente el que ha renunciado a su libertad y autonomía y espera recibir, como una gracia, las atenciones y servicios a los que “tiene derecho” de las instancias superiores que velan por su bienestar y tutelan su vida. Cuando tal ideología ha sido asumida completamente, el individuo deja de percibirse como sujeto de su propia existencia y comienza a ser objeto o cosa de su propia vida. Los derechos siempre son otorgados o concedidos por alguien que tiene el poder de dar y quitar, y siempre achican y degradan a la persona porque ésta hace dejación de su potencial de acción y de auto-gestión, de su capacidad de decidir y elegir, de su necesidad de esforzarse en la propia superación y por lo tanto ascender en las cotas de la libertad personal, de su energía creativa que queda desactivada al no tener objeto al que dirigirse, es, por lo tanto, un ser que se afirma en la incompetencia, la ineptitud y la subordinación.
La libertad nunca puede ser otorgada, no puede recibirse de otros y son los deberes, las obligaciones y los compromisos los que proporcionan la base material de la libertad humana, idea que expuso con mayor belleza que ningún otro filósofo Simone Weil, porque los deberes son la parte activa de la existencia mientras que los derechos son únicamente pasivos, las obligaciones implican acción, movimiento, intervención y por lo tanto capacidad, competencia y crecimiento  mientras que los privilegios y los derechos producen inmovilidad, parálisis, flojedad, ineptitud e insuficiencia.
A la doctrina de los derechos va asociada otra de las lacras de las sociedades de la modernidad tardía, el “imperio de la ley”, el legicentrismo izquierdista que todo lo fía a las leyes ha creado la sociedad más normativizada de la historia, todo está regulado, lo grande y lo pequeño, lo social y lo privado e incluso lo íntimo. Ni siquiera Orwell pudo soñar una sociedad más pautada. Por supuesto el crecimiento de la ley se asocia al incremento del Estado, especialmente judicatura y policía, de sus gastos y de sus prerrogativas que se amplían con cada nueva legislación lo que viene a más real y más cierto el objetivo último del proyecto liberal.
Ese sujeto así aleccionado, ha sido fácilmente conducido a la idea de que su destino es el trabajo y el consumo y que nada grande ni trascendente le compete, la vida debe ser, pues, destinada a la producción, el gasto y las diversiones. La sociedad post-franquista, como la Roma de la decadencia, generó su plebe ansiosa de placeres groseros y zafiedad consumista, abandonada al instante, volcada en las drogas, sin amor por la propia dignidad, sin respeto por sí mismo ni conciencia de su vida y de su entorno.
Durante decenios, además, la progresía del sistema se dedicó a insultar a nuestros abuelos, aquellos que habían plantado cara a Napoleón, a la Pepa, a los espadones decimonónicos, a Primo de Rivera, a la monarquía y a la república, a Franco en la guerra y a la Guardia Civil en el maquis. Sobre ellos se escupió todo el veneno de que eran portadores, se les asignó el sanbenito de representar el atraso, la incultura, la brutalidad, la incivilidad, la estulticia y la papanatería además del machismo y la brutalidad contra la mujer. A la izquierda su dedicación a falsificar la historia y aculturar  a la sociedad les ha valido ser los favoritos del sistema y recibir de sus arcas una sugerente remuneración.
La aculturación y des-historización del pueblo ha sido un elemento cardinal del proceso de liquidación del antagonista del Estado[13]. Sin raíces y sin sustento en la propia historia, el sujeto queda fragmentado y aislado de forma trascendental, con una identidad frágil, siempre al borde de desvanecerse, incapacitado para el combate, acobardado y achicado connaturalmente. Es consecuencia de un hecho fundamental que no es hoy suficientemente comprendido, la historia, en la forma de conciencia colectiva del pasado no el únicamente el contexto en el que se desarrolla la vida humana sino que, como explica X. Zubiri constituye una dimensión esencial del ser persona[14] por lo que la disociación entre el sujeto y la historia auténtica es su mutilación espiritual y personal.
Y sin embargo no se consideró suficiente todo ello, según las normas de la guerra, la aniquilación del enemigo exigía perseguirlo y exterminarlo por completo. Se fabricó una disidencia artificial fundada en corrientes de opinión fabricadas en las instituciones, es decir, en la universidad, los partidos políticos y los sindicatos subvencionados, que movían a las masas con programas reivindicativos y  políticos que siempre coincidían con los proyectos futuros del sistema, es decir, luchaban contra aquello que estaba ya periclitado y a favor de lo que estaba por llegar. El corporativismo y el movimentismo deshilvanaron las luchas y fragmentaron la acción de las masas y la visión de conjunto. El pueblo quedó incapacitado para entender lo global y el largo plazo, es decir, para pensar estratégicamente.
Añadido a los movimientos gremialistas y parciales se constituyeron las políticas de los victimismos y el enfrentamiento social, ora se culpó a los padres y madres de ser destructivos y dañinos para los niños, ora a los jóvenes de vivir en la miseria vital por la represión de la familia, allí se victimizó a un grupo racial, acá a un sector social minoritario y, en todos los casos, se culpó a los iguales de ser los autores de la represión y la xenofobia y se apeló a la generosidad del Estado que ampara, protege e iguala, para subvertir el abuso y la injusticia.
De entre todas las corrientes y movimientos surgidos del matrimonio izquierda/Estado tal vez la más dañina ha sido el sexismo político feminista que ha conseguido dividir la sociedad por sexos llevando hasta el paroxismo el enfrentamiento entre las mujeres y los hombres, a este proyecto el sistema le ha dado valor estratégico creando incluso, durante varias legislaturas un Ministerio, el de Igualdad, entregado a intervenir denodadamente en la intimidad de las personas y a violar su libertad de conciencia. De la importancia que se ha concedido a las políticas de género da una idea que el feminismo sea hoy eje transversal y materia de estudio en toda la enseñanza estatal y que sea asignatura obligatoria en la Academia General Militar de Zaragoza o que las principales empresas del IBEX 35 como Inditex, El Corte Inglés, Mango, Entrecanales etc. se hayan comprometido a impulsar y financiar las campañas para la aplicación de la Ley de Violencia de Género y la labor de “educación” social en ese tema[15]
El sexismo político ha hecho realidad el maquiavélico “divide et impera” y ha creado una fractura no solo entre las mujeres y los hombres sino entre las mujeres y la revolución porque, una vez convencidas de que su enemigo está entre sus iguales no hay  ningún proyecto común que pueda ser acometido, por el contrario al asumir que no solo la libertad sino su supervivencia depende del Estado, la policía, la judicatura y los profesionales y de su “independencia económica”, es decir, del salario, una gran parte de las féminas se han entregado indefensas a la institución estatal y a la empresa. Estratégicamente ha sido una de las intervenciones más ambiciosas del sistema de dominación porque dominar y dirigir a la mitad del pueblo contra la otra mitad es garantía de supervivencia mientras esa situación e mantenga.
Todas las corrientes ideológicas lanzadas desde el progresismo izquierdista han tomado la forma de los fanatismos y las religiones y tienen tanta más capacidad de penetración social cuanto más se incrementa el acceso popular al sistema educativo auténtico baluarte del dogmatismo y el adoctrinamiento, de la falsificación del mundo y del creer por fe o por autoridad. Han sido, por ello, verdaderos venenos sobre la libertad de conciencia, la autonomía y la capacidad de elección de las personas.


 [1] FÉLIX RODRIGO MORA, 2011

[1] ANDER DELGADO CENDAGORTAGALARZA, “Protesta popular y política (Bermeo, 1912-1932) Revista “Ayer” nº 40, 2000, Madrid, Marcial Pons, ediciones de historia.

[1] Asunto que es analizado en “Feminicidio o auto-construcción de la mujer. Vol. I. Recuperando la historia” PRADO ESTEBAN DIEZMA Y FÉLIX RODRIGO MORA. 2012.

[1] RAFAEL GAMBRA, “La primera guerra civil de España (1821-23): historia y meditación de una lucha olvidada”, 1950, Madrid, Escelicer.

[1] FÉLIX RODRIGO MORA, “Naturaleza, ruralidad y civilización”, 2008, Sevilla

[1] Un análisis de lo acontecido, minucioso y contrastable, riguroso y detallado es el de MANUEL REQUENA GALLEGO, “Los sucesos de Yeste: (mayo 1936)”, 1983, Albacete, Instituto de Estudios Albacetenses.

[1] XAVIER PANIAGUA “La sociedad libertaria. Agrarismo e industrialización en el anarquismo español”, 1982, Barcelona, Crítica.

[1] Prado Esteban Diezma y Félix Rodrigo Mora, “Feminicidio o auto-construcción de la mujer” Vol. I. Recuperando la historia” 2012, Barcelona.

[1] CRISTINA BORDERÍAS, “Emigración y trayectorias sociales femeninas”, “Historia Social” nº 17, 1993.

[1] PRADO ESTEBAN DIEZMA, (2012) “Una nueva reflexión sobre la familia”, http://prdlibre.blogspot.com.es/2012/06/una-nueva-reflexion-sobre-la-familia-en.html

[1] DAVID SVEN REHER, “Familia, población y sociedad en la provincia de Cuenca (1700-1970)”, Madrid, 1988, Centro de Investigaciones Sociológicas, pag.. 230

[1] FÉLIX RODRIGO MORA “El giro estatolátrico”, 2011, Maldecap.

[1] Un texto a señalar en esa dirección es el de PAUL EDWARD GOTTFRIED, “La extraña muerte del marxismo. La izquierda europea en el nuevo milenio”, 2007, Madrid, Ciudadela Libros.

[1] XAVIER ZUBIRI, “Tres dimensiones del ser humano, individual, social, histórica”, 2006, Madrid.

[1] PRADO ESTEBAN DIEZMA, “El capitalismo contra el machismo” y “La gran empresa ¿agente de la emancipación femenina?” , 2012, http://prdlibre.blogspot.com.es/2012/05/elcapitalismo-contra-el-machismo- y htmlhttp://prdlibre.blogspot.com.es/2012/06/la-gran-empresa-agente-de-la.html

 

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