“Algo he hecho mal si me elogian”

La aclamada primera novela del poeta Ben Lerner narra la estancia en Madrid de un joven norteamericano narcotizado y en continua crisis creativa.

J. LOSA Madrid/publico

 

El poeta y narrador estadounidense Ben Lerner.- CHRISTIAN GONZÁLEZ

El poeta y narrador estadounidense Ben Lerner.- CHRISTIAN GONZÁLEZ

Ben Lerner (Kansas, 1979) responde a los cumplidos como lo haría el protagonista de su primera novela, con reservas. Cuando escritores de la talla de Paul Auster o Jonathan Franzen se ponen generosos y reparten lisonjas como panes a su ópera prima, Saliendo de la estación de Atocha (Mondadori), el autor no puede evitar mostrar cierta cautela e inconformismo al respecto. “Comparto con el personaje de mi novela una respuesta neurótica ante los elogios, su especialidad es despreciarse, de modo que cualquier alabanza la entiende como un error. Pienso que algo he hecho mal si me elogian”.

La neurosis no es lo único que comparte con su álter ego, Adam Gordon, un joven poeta norteamericano que disfruta de una prestigiosa beca en Madrid para llevar a cabo lo que él denomina su “proyecto poético”, proyecto al que siempre se refiere con pomposidad y que consiste en una ambiciosa investigación que pretende explorar el legado literario de la Guerra Civil. “Tenemos evidentemente muchas cosas en común, nos criamos en la misma ciudad, vivimos en Madrid en la misma época y uno de los poemas que aparece en el libro como si fuera obra del narrador es, de hecho, un poema mío que ya había publicado anteriormente. El libro incita a esa confusión pero es ficción, Adam es una especie de versión exagerada y despreciativa de mí mismo”, confiesa Lerner.

Por supuesto, del “proyecto poético” ni rastro, al menos en el sentido estrictamente académico. En cambio, el protagonista se embarca en un divagar capitalino aderezado con importantes dosis de café, marihuana y tranquilizantes. De la mano de este antihéroe que parece sacado de Bartleby & Co, el narrador encuentra la excusa perfecta para reflexionar sobre la autenticidad y el sentido de su poesía. Y lo hace con la sensibilidad del poeta que en realidad es ­—Lerner tiene tres antologías publicadas—, con especial atención por la sonoridad y la abstracción del lenguaje pero sin desatender su capacidad comunicativa. “Cuando escribo poemas tiendo a fijarme mucho en la materialidad y en la estructura, algo que evidentemente es importante cuando se escribe prosa, pero busco también que las cualidades del lenguaje se disuelvan en la narrativa, en la historia que estoy contando hay un equilibrio”, explica el autor.

Plagada de inesperados giros estilísticos, Lerner salpica la trama con sugerentes fragmentos en verso, lenguaje ensayístico y conversaciones por chat que rompen la linealidad del texto. “La novela tiene que ser capaz en la actualidad de representar los lenguajes que utiliza la gente para comunicarse. Del chat, por ejemplo, me interesa su capacidad para representar la escritura en tiempo real. Cuando chateamos vemos como nuestro interlocutor escribe, por lo que es el único momento en el libro en que el lenguaje no pasa por el filtro del narrador”.

Las peripecias del protagonista y sus digresiones introspectivas sobre el sentido del arte se topan de golpe con un contrapunto fatídico el 11 de marzo de 2004, fecha de los atentados terroristas en Madrid. Es entonces cuando el narrador entra en cuestionamientos identitarios: “Si eres americano y estás en el extranjero es inevitable enfrentarse con la reputación de tu país. El protagonista es muy crítico con sus compatriotas y rechaza que le identifiquen con una cultura con la que él no está de acuerdo”. Ante la tragedia, la voz narcotizada de Adam parece despejarse y encuentra en lo sucedido el acicate para abrir un nuevo interrogante entorno al papel de la política en la poesía. “Cuando elegimos la forma en la que representamos el mundo necesariamente estamos expresando en esta elección nuestros propios valores. En cierta forma es un libro bastante político ya que intenta retratar la sensación que uno experimenta cuando se es ciudadano de este gigantesco imperio que es Estados Unidos, así como la ansiedad que supone la búsqueda de autenticidad en el arte”. Una búsqueda constante a la que Adam no renuncia pero que afronta con cierto desencanto. “Me esforcé por imaginar mis poemas o cuaquier poema como herramientas capaces de cambiar las cosas… pero no pude imaginarlo, ni siquiera pude imaginarme imaginándolo”, comenta con amargura el protagonista de la novela.

 

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