El movimiento libertario frente al uso y disfrute de las leyes punitivas

Por Vicent Teulera

Vamos a ponernos en el caso de que la judicialización de la violencia machista y la criminalización de los agresores mediante la ley de violencia de género, aunque no quede claro que esté haciendo descender los homicidios, si esté cambiando, para bien, la mentalidad patriarcal.

Que la ley antitabaco esté logrando que la gente fume menos y sea más respetuosa con los demás en los espacios cerrados.

Que la persecución penal de los conductores con tasas de alcoholemia esté haciendo descender los accidentes de tráfico.

Etc.

¿Cual es la conclusión? Pues que la mano dura y la violencia estatal sí funciona y resuelve nuestros problemas. Ergo, si somos personas lógicas y sensatas, lo que debemos desear es más estado, más código penal, más policía y más iniciativas políticas en esa dirección. Mucha gente en la sociedad ésto lo tiene clarísimo.

La pregunta a hacerse entoces es: ¿A dónde nos lleva ese camino? Más cuando, de puro fácil, se asemeja a una recta cuesta abajo en la que nadie pisa el freno.

En mi opinión, y hablo absolutamente en serio, como antes le pasó a la mayoría de la izquierda, el movimiento libertario se está tragando con patatas y sin apenas darse cuenta, este tipo de discurso y de mentalidad.

Si el estado es capaz de resolver aparentemente un problema social a base de “estado de bienestar” (implementar servicios mal llamados “públicos”), o de fuerza bruta (las leyes, los jueces, las cárceles…), tenemos que considerar dos cosas: a/ que el problema quizá se ha resuelto o ha mejorado, pero b/ que ha sido el estado y no el pueblo quien lo ha hecho. El movimiento libertario, como antes el resto de la izquierda, hoy parece priorizar que se haga algo ya con el problema del que cada cual está sensibilizado, aunque sea a costa de hacer más grande y fuerte la institución estatal. Y ello lo hace, quizá, porque es mucho más sencillo eso que no ponerse a crear una solución alternativa que sea popular y transformadora. Ni siquiera imaginarla apetece. Menudo curro. Pareciera que los anarquistas hemos optado finalmente por dejar que sea el estado quien resuelva los problemas. Seguramente porque nos hemos acostumbrado a vivir bajo su dominio y vemos demasiado complicado y sacrificado el luchar contra él.

Ya, ¿pero qué alternativa propones tú?, me preguntan.

Alternativas siempre las hay, pero es tarea de todos el descrubrirlas y, sobre todo, ponerlas en marcha. No solo es responsabilidad de quien se siente disconforme. A veces pareciera que se exije a quien cuestiona que proponga una alternativa para poder criticarla a su vez, decir que es muy complicada, poco posible, utópica y una mierda y con ello dar por bueno lo que hay como mal menor. Dar por bueno lo que hay como mal menor, sea la ley de violencia de género o los servicios públicos en manos del estado resulta supercómodo. En realidad no hay que hacer nada más que salir a la calle a quejarse un poco de vez en cuando. De ahí el éxito de ese tipo de formas de ver las cosas y nuestra derrota.

 

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