Alberto Garzón: ´La corrupción aquí ha sido votada´

Entrevista a Alberto Garzón.

“No hay espacio a la participación política excepto votar cada cuatro años; eso sólo deja la salida de protestar en la calle”, sostiene el diputado de Izquierda Unida en el Congreso

Paco Cerdà Viene a la Comunitat Valenciana a defender una moción contra la corrupción y la transparencia. Es como llevar el mensaje de la paz al infierno…
En efecto. Es el lugar donde más hace falta. El sitio que más escándalos ha tenido —la inmensa mayoría vinculados al PP— y el lugar donde más se visualiza el enquistamiento de la corrupción, el clientelismo y el caciquismo en nuestro sistema político. No es algo exclusivo de la Comunitat Valenciana, pero Valencia cuenta con un agravante: la corrupción ha sido votada y revalidada en las elecciones, lo cual simboliza que no es sólo una cuestión reglamentaria, sino también de la concienciación política de la gente frente a lo que significa el dinero público y su gestión.

¿Y qué le parece que los valencianos no se rebelen?
Mientras la gente ha tenido trabajo e ingresos para llevar un nivel de vida relativamente digno, aunque complementado con el endeudamiento, la corrupción le ha resultado secundaria. Ahora ya es un motivo de preocupación general. Y hay que luchar por una reglamentación, por mayor transparencia, por sanciones y leyes adecuadas a los corruptos, y por ese proceso de concienciación social que se ha dejado de lado porque mucha gente se beneficiaba de esas redes clientelares del PP que no son más que pan para hoy y hambre para mañana.

Una maldad: ¿cómo encaja un «tuitero» y «outsider» de la política en un partido con estructuras que recuerdan a «nomenklatura», «apparátchik» y «politburó»?
Hay que diferenciar la ideología del método. El método debe ser mucho más democrático, también en Izquierda Unida. Pero otra cosa es la ideología: yo soy comunista y deseo superar el sistema capitalista, al que responsabilizo de grandes males de la sociedad porque soy economista y he estudiado el capitalismo. Sin embargo, para lograr esta tarea hay que dotarse de instituciones mucho más democráticas que superen las estructuras rígidas de los partidos, que permiten que una pequeña oligarquía pueda controlar a toda la base social. Y eso no es democracia.

Usted ha pasado de cobrar 800 euros de investigador en la Universidad a 4.598,30 como diputado. Convenza a un parado de que es un sueldo justo para un servidor público.
No, no es un sueldo justo, sino desorbitado. Por esa razón, este año he donado el 30,45% de mi sueldo [a IU, a Juventudes Comunistas y a ONG]. Al final, lo que me llevo ronda los 2.000 euros, que es equivalente a lo que cobra mi padre como profesor de secundaria. Ése sí que es un sueldo digno para un diputado. Pero más importante aún que lo que se cobra es lo que se hace. Hay diputados que cobran esos casi 5.000 euros, además de un complemento del partido, y sólo hablan una o dos veces en toda la legislatura y se limitan a votar. Por eso, hay que hacer una revisión no tanto de los sueldos como del trabajo de los parlamentarios.

¿Qué odia más de sus colegas políticos?
Yo no tengo problemas con las personas, sino con las ideas. Soy una persona muy ideológica, y me parece desafortunadas las actitudes de diputados que embarran el debate ideológico para ocultar que no tienen ideología. Que sólo están allí para decir un día una cosa y el otro, la contraria.

Su ideología es la disciplina…
Exactamente: lo que diga el partido, la encuesta, la tendencia… Ese vacío ideológico profundo explica que en el Congreso se oiga tanto lo de «y tú más». Eso no es política. A mí, que vengo de la Universidad y estoy acostumbrado a debatir ideas, eso me molesta mucho. Porque yo quiero confrontar ideas, sin insultos, acusaciones sin probar o el «y tú más».

Habla de acusaciones sin probar. Usted ha llamado «ladrón» a Mario Draghi. ¿Las pruebas?
Desde un punto de vista económico, desde luego es un ladrón que permite que sus amigos especuladores roben en las arcas públicas de los países que se supone que él ha de proteger. No es casualidad que Draghi venga de Goldman Sachs, la banca de inversión especializada en la especulación.

¿Ha llegado al límite el empoderamiento de la sociedad civil, como en la «primavera valenciana»?
No. Este aumento de la sociedad civil es el resultado de reconocer que vivimos en una democracia absolutamente representativa que no deja espacio a la participación política a excepción de votar cada cuatro años. Sólo ha habido dos Iniciativas Legislativas Populares y dos referéndums, sobre la OTAN y la Constitución Europea. Nos faltan mecanismos que vigilen que el programa electoral votado se aplica. Eso sólo deja la salida de protestar en la calle, lo cual dispara la tensión y nos puede acercar a Grecia en el sentido de la violencia.

«Proletarios del mundo, ¡uníos!», pidió su admirado Marx. Pero ahora sólo hay parados. ¿Que deben hacer los desempleados?
Deben organizarse y movilizarse, porque son víctimas de un mismo proceso y serían el primer partido si votaran conjuntamente. Es imposible mantener un país con seis millones de parados. Mientras estén dóciles o incluso ignorantes de la participación política, ni la UE ni el Gobierno reaccionarán. Sólo cuando les supongan un problema y se sientan presionados por ellos, los Gobiernos tendrán que actuar.

Si fuera ministro de Economía, ¿qué tres medidas aplicaría?
Primero, forzar al Banco Central Europeo (BCE) a financiar planes de estímulo que creen empleo. Eso significa amenazar con recuperar la soberanía monetaria, porque tenemos casi el 30 % de paro y no podemos estar obsesionados con la inflación. Necesitamos medidas radicales. Segundo, a nivel español, reconocer que los bancos están quebrados y anotarles pérdidas: quienes crearon la crisis la tienen que pagar. Y tercero, hacer una reestructuración de la deuda y aplicar una moratoria para liberarnos del lastre que arrastramos. Porque el BCE presta el dinero a los bancos al 1 % y los bancos se lo prestan al Gobierno al 5 % para que los rescatemos. Es absolutamente absurdo, pero al final se nos ha acumulado un nivel de deuda imposible de sostener que nos obliga a recortar en lo básico.

Se cree todo lo que dice.
¡Hombre, claro!

Fuente: El Levante

 

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