Fundamentalismos en el mundo cotidiano

Cuando usamos el término fundamentalista, solemos aplicarlo a gentes que no son de nuestra cultura o de nuestro ámbito. Resulta muy cómodo en una sociedad mayoritariamente católica considerar así determinados comportamientos de seguidores de otras religiones, que casi siempre nos llegan deformados por los medios -pongamos como ejemplo más socorrido el Islam- mientras excesos similares o ritos igual de arcaicos de los propios correligionarios son aceptados como lo más normal y razonable.

Lo dicho para las religiones puede aplicarse de la misma forma si hablamos de ideas políticas, de aficiones deportivas, de modas o de comportamientos sociales. Los futboleros y los aficionados a los toros se mofan de los amantes de la música clásica, mientras éstos consideran a aquellos unos descerebrados (más o menos) y los conservadores hacen lo propio con los supuestamente liberales. Así llegaríamos a la eterna y absurda disputa de bar entre solteros y casados por ver cómo se vive peor.

Está claro que los casos expuestos anteriormente no se dan entre personas… digamos, de los movimientos sociales; de la gente alternativa, ecologista, libertaria, etc. Es posible.

No me imagino a uno “de los nuestros” compartiendo los comentarios xenófobos y neofascistas de los tertulianos de moda sobre revueltas en el mundo árabe, llegada de pateras o manifestaciones de lo que ellos llaman despectivamente “antisistema”.

Pero no es menos cierto que cuando se trata de nuestro entorno social y político inmediato, también se producen con frecuencia actitudes que podrían ser consideradas como fundamentalistas. No suele ser el movimiento o la organización el origen de esa postura excluyente e intransigente; son las personas que hacen de esas ideas o principios un dogma intocable e infalible las que le dan el genuino toque integrista a lo que, en esencia, no lo es. No descubriremos nada, por tanto, si recordamos posicionamientos muy cercanos al fundamentalismo dentro de corrientes tan abiertas y progresistas como el feminismo, el vegetarianismo, la izquierda alternativa o el mismísimo anarquismo. Y que conste que criticar actitudes intransigentes de algunos activistas de estos movimientos no significa negar el positivo papel que dichas ideas han jugado en la lucha por la libertad y la justicia.

Por muy convencido que se esté de una idea o proyecto social, hay que entender que no todo el mundo comparte esas certezas y -lo que es más esencial- que podemos estar equivocados. La forma de ganarse a la gente para nuestras propuestas no es el rechazo permanente y la crítica despiadada; es mucho más positivo intentar comprender sus razones, prejuicios y sus miedos y, a continuación, ir progresiva y generosamente explicando lo que propugnamos.

Seguramente en todos los movimientos se dan episodios de este exceso de ardor militante, pero en unos casos es más acentuado y sorprendente que en otros. En el caso del feminismo, por empezar por algún lado, es indudable su aportación a la liberación de las mujeres y a los todavía insuficientes avances en el terreno de la igualdad, pero reconocer eso no significa que no debamos señalar que dentro de ese ámbito se detectan comportamientos que, en lugar de ganarse adeptos a la causa de la mujer, lo que provocan es distanciamento.

Si los hombres somos más de tres mil millones y las mujeres un número equivalente, no se puede presentar a todos los varones como enemigos de la igualdad e idealizar al máximo a todas las mujeres. Para algunas feministras, parece como si la división, la lucha, estuviera entre hombres y mujeres, en lugar de explotadores y explotados, entre ricos y pobres.

Si pasamos al mundo de las culturas culinarias encontramos un creciente movimiento por recuperar y hasta superar la persencia de las corrientes vegearianas de los siglos XIX y XX. Pero ese cambio que los veganos proponen en los hábitos alimentarios -suponiendo que suprimir todos los alimentos de origen animal sea lo más correcto para nuestros organismos- no se debería defender desde actitudes cerradas y excluyentes.

Realizar campañas informando a la gente de las torturas que los animales sufren en granjas y mataderos, aportar datos sobre las toxinas que contienen la mayoría de las carnes y pescados, resultará más útil a la causa vegetariana que imponer por decreto el menú vegetal en foros donde hay gente a la que no se puede considerar malvada por comerse un huevo frito o un pescado a la plancha.

En el terreno de los mapas políticos también tenemos fundamentalistas. Parece como si unos nacionalismos fueran buenos y otros malos, siendo ambos nacionalismos. Es bastante habitual practicar la censura contra quienes osan criticar a gobiernos que -por decirse de izquierdas- tienen bula para cometer las mismas tropelías que unitariamente son denunciadas cuando las comete un gobierno más de derechas.

Y dejaremos para el último, pero no menos pasmoso, el caso del integrismo dentro de lo libertario. En esencia parece imposible que entre seguidores de las más alta expresión de la libertad y la solidaridad, el anarquismo, haya sitio para razonamientos y acciones de tinte fundamentalista. Como decíamos antes, el fundamentalismo no está en las ideas y en las organiaciones; está en algunas personas pertenecientes a dichos espacios.

Desde luego que se han dado -y desgraciadamente se siguen dando- casos de fundamentalismo en los movimientos anarquista y  anarcosindicalista. No es difícil toparse con personas que parecen ungidas con la santa potestad de conceder o negar la patente de buenos anarquistas a los demás. Desde esa posición de infalibilidad, el resto de grupos e individuos que no merecen su aprobación son tachados de moderados,reformistas, colaboracionistas, etc. Sólo esas preclaras individualidades y las capillitas de su excluyente rito son los auténticos anarquistas y los únicos herederos de una idea que cambia tanto como los tiempos y que está impresa en la conciencia del pueblo.

Al margen (Invierno de 2012)

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