Adaptarse al curso inesperado de los acontecimientos

por francisco sanz

La crisis es el profeta que anuncia al Dios que viene: la catástrofe.

No me satisface – comenta Einstein a Böhr en 1953 sobre la física cuántica – la idea de tener una maquinaria que permita profetizar pero a la que no somos capaces de conferir un sentido claro. Duns Scoto, el doctor subtilis, rezaba diciendo: “Creo, Señor, lo que tu gran profeta ha dicho, pero si es posible, haz que llegue a entenderlo”. Conocía sin duda las palabras del apóstol: “Todo lo que no nace de le fe es pecado”.

  También nuestra maquinaria estadística cuando se permite publicar profecías sobre el curso esperado de los acontecimientos, pretende que tengamos fe, que tenga sentido, repitiendo mentiras hasta que la gente acabemos creyendo que saben lo que dicen. Aceptamos los ofrecimientos, pero soportamos las amenazas. La diferencia de opinión acerca de cual es  el curso esperado de los acontecimientos es lo que hace que se condene al profeta. Que uno crea que tras tan tristes predicciones hay gato encerrado.

  El don del pensamiento especulativo pudiera parecerse al don con el que Juno honró a Tiresias, a quién primero privó de la vista con el fin de poder otorgarle después el don de la profecía. Parece que mucho antes de ser capaces de ver oíamos. Mucho antes de todo intercambio de signos tiene lugar un saludo de bienvenida dirigido hacia adentro. El espacio anímico más antiguo es una caja de resonancia en la que se suceden juegos de bienvenida y profecías tonales, tanto prenatales como posnatales.

  Bruselas dice que no cumpliremos. Los expertos dicen que no vamos bien. Hasta los no lo somos nos sentimos como Casandra, afectos de su maldición que consiste más que no acertar con nuestras profecías en acertar con ellas precisamente porque al decirlas conseguimos que no se tengan en cuenta.

   Una vez mi nieto en una merienda en la bodega compartía plato con mi consuegro. El niño se distrajo, el viejo comía y comía. En un momento dado el niño suelta: Abuelo, ¡no estás compartiendo! Alemania está haciendo con Europa lo que antes hicieran Europa y Estados Unidos con el resto de la humanidad: al negarse a compartir la riqueza se conducen como ricos desconsiderados que tras hincharse a comer invitan a sus vecinos a una taza de café para exigirles el pago a medias de la cuenta, amparándose en la igualdad, en que hay que compartir.

  Tras la crisis está la autoridad. La autoridad, la única autoridad que tiene derecho a decirte: “Debes cambiar tu vida” ahora es la crisis. La crisis es el profeta que anuncia al Dios que viene: la catástrofe. Que nos condena al profetizarla. A creer que es el único Dios, el único curso posible de los acontecimientos, y los cenizos sus profetas.

  Más allá de nuestras opciones políticas, que muy bien pueden ser de extrema izquierda, los “herederos” del capitalismo tendemos a compartir el mismo desprecio que sus profesores segregan en relación con los valores típicamente humanos: el desdén por el esfuerzo y por el adiestramiento, por el compartir el bien común, y, en contrapartida, la loa al que le han ido bien las cosas, al alumno brillante y al profesor carismático.

  Una familia surge del hecho de que unas personas compartan una nevera, pero una pareja de que compartan una lavadora. Con qué hay que poner el la nevera y qué comer la familia, en torno a la ropa sucia la pareja. Una sociedad surge del hecho de compartir una ley, de las formas de aplicarla y cómo cambiarla para adaptarse al curso inesperado de los acontecimientos.

  Al menos una sociedad entendida como un proceso de deliberación inclusiva, en el que las preferencias individuales se forman y cambian a medida que se confrontan entre sí para alcanzar sucesivos acuerdos o desacuerdos colectivos, basados a su vez en valores compartidos o confrontados que también se divisan y alteran en el camino la democracia se convierte ella misma en un bien primario básico. En una necesidad más, entre las que hacen posible lo humano, conferirle sentido, creer en él.

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