George Soros: ¿buitre o águila?

George SorosCarlos Abel Suárez

Como sabemos, tras visitar al Papa Francisco, la presidenta Cristina Fernández viajó a Nueva York y, entre otras actividades, se entrevistó con George Soros. Las sociedades que controla llegaron a ser propietarias en Argentina, a mediados de los ´90,  de unas 405.000 hectáreas y 165.000 cabezas de ganado, edificios emblemáticos y otros activos relevantes, pero el magnate apenas estuvo una vez en Buenos Aires y sólo por unas horas.

Luego del mediático desembarco en la Argentina menemista, de la mano de Clarisa Lifsic y Eduardo Elsztain (IRSA), a quienes conoció cuando estudiaban en Nueva York, Soros no se quedó demasiado tiempo como inversor en el país. Confesó que la convertibilidad le gustaba al principio, pero desde la crisis mexicana advirtió que el 1 peso=1 dólar no era sustentable en el mediano plazo. De todos modos se quedó con el Banco Hipotecario, del que se fue yendo despacito. Según las fuentes, la relación se deterioró entre sus socios locales. Clarisa Lifsic, renunció a la presidencia del Banco Hipotecario, no sin algunos cortocircuitos, alejamiento que le reportó una millonaria indemnización. Ahora, Lifsic además de cuidar a sus cinco hijos, se dedica a la constitución de un nuevo fondo de inversión que apunta a su especialidad: el sector agropecuario del cono Sur.

El olor de la Vaca Muerta, movilizó nuevamente el interés de Soros por estos pagos, dando un primer paso como inversor en YPF, tiene ya el 3,5 por ciento de las acciones. Además intuye que el gran entuerto del juicio perdido en Nueva York por el gobierno argentino con los buitrecitos, tiene buena miga para las águilas y los cóndores. De eso hablaron con Cristina en el hotel Mandarín de Nueva York, en el mismo lugar de la cita anterior dos años atrás.

¿Cómo clasificarlo?

Hay personajes a los que es difícil definir apresuradamente.  De buitres caranchos, cuervos y águilas está lleno el mundo financiero. Sin embargo, si  además de seguir los negocios del famoso financista, nacido en Hungría en 1930, tomamos nota de lo que hace fuera de las finanzas, de lo que habla y de lo que ha escrito, podríamos elegir mejor el casillero para ponerlo.

Su nombre saltó al conocimiento público, más allá del pequeño mundillo de los agentes bursátiles de Wall Street, cuando le ganó en 1992 una pulseada nada menos que al Banco de Inglaterra; lo que le reportaría una ganancia de unos 2.000 millones de dólares a su Fondo de Inversión (Quantum), que  ya tenía algunas carreras ganadas. Los especialistas advirtieron la capacidad de este nuevo jugador en negocios de corto plazo, a tono con los vientos de la economía mundial.

Las finanzas se habían ido quitando las amarras de la regulación impuesta desde el final de la II Guerra Mundial y el mundo de las transacciones de capital es más parecido al que existía antes de la Gran Depresión de 1929-1930. Eso lo entendió magníficamente Soros, más en la práctica que por los cursos de la London School of Economics, donde se graduó. Desde la pelea con la Libra, su fama de “aventurero financiero” como alguien despectivamente lo bautizó, fue en aumento y por consiguiente cada una de sus “movidas” – siempre de riesgo – fue noticiable. Sin embargo, como pasa con los jugadores, especialmente en esta economía de casino, se cuentan como leyenda las ganancias, al tiempo que pocos entendidos saben de las batallas perdidas, que en el personaje que nos ocupa no fueron pocas.

Chile 1987-1988

En 1987  yo trabajaba en canal 7 y coordinaba un proyecto patrocinado por la UNESCO, con el apoyo de la Fundación Ebert para el desarrollo de una agencia de noticias latinoamericana: Latinvisión, similar a los emprendimientos ya en funcionamiento de Eurovisión y Asiavisión.

En febrero de ese año visité las oficinas del Sawyer Miller Group (SMG), en 14 East 60th Street, cerquita del Central Park. SMG, era lo que se llama una consultora global, figura poco conocida aquí en el Sur, donde funcionaban empresas de encuestas, de economía, técnicas, etc. Aquello era una suerte de polirubro. Me interesaban especialmente los trabajos que ellos realizaban en televisión, no sólo mirar los spot que eran de muy buena calidad, sino el proceso de producción y  edición de los mismos. El grupo Sawyer Miller había asesorado a líderes políticos regionales en los Estados Unidos, particularmente a los demócratas, hasta llegar a la conducción de la campaña de Walter Mondale que fue derrotado por Ronald Reagan, en 1984.

Ellos a su vez les interesaba charlar sobre la situación Argentina, especialmente a Peter Schechter, ítalo-venezolano, estratega en marketing político, cuya tarea en el SMG era seguir la política brasileña y argentina. Enterados de mis conocimientos y amistad con políticos chilenos, precisamente por colaborar con las organizaciones del exilio y las tareas que realizaba Luis Triviño, desde la UNC, me invitaron a participar de una reunión con el principal directivo del SMG, el británico Mark Malloch Brown. En una pequeña pecera, estábamos sentados alrededor de una mesa redonda unas 7 personas. Sólo conocía a Martha Perín, periodista de canal 7, que era mi mujer, y a Peter  Schechter. De los otros supe después que eran sociólogos, periodistas – uno de ellos editorialista del New York Times, que ese mismo día había escrito sobre la visita del Papa a Chile – y especialistas en comunicación. Mark se había sentado en una de esas altas baquetas, como sacada de un pub inglés. A su espalda un gran mapa del cono Sur de América, con pinches de colores, especialmente ubicados en la zona fronteriza de nuestro país con Chile. Tras las presentaciones, Mark rompió el hielo diciendo: vamos trabajar en la “desestabilización de Pinochet” (sic).

La personalidad de Mark Malloch Brown impactaba de arranque. Más tarde advertí su gran cultura política y agudo olfato para el análisis táctico y estratégico. Mark había adquirido notoriedad como Alto Comisionado de las Naciones Unidas en Camboya, cuando la catástrofe del Khmer Rojo. Luego lo contrató SMG, como su director, para saltar con el tiempo a titular del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y de allí a ser un destacado asesor, en Londres, sobre temas de política exterior durante la gestión del laborista Gordon Brown.

En aquella reunión la introducción sobre la coyuntura chilena fue muy breve,  dando por sentado que todos los que estábamos allí teníamos conocimiento del tema. Entonces la cuestión central era la posibilidad de que Pinochet lanzara un plebiscito, que asegurara su continuidad por 20 años más. La democracia cristiana  estaba dispuesta a tomar la apuesta, en una estrategia diseñada entonces por Gabriel Valdez. El partido socialista estaba dividido. El sector de Ricardo Núñez podría sumarse, mientras que el dirigido por Clodomiro Almeyda, dudaba. El partido Comunista lo rechazaba, pues no sin argumentos, sostenía que era una trampa de Pinochet, pero además  enfrentaba fuertes tensiones de los sectores más jóvenes que apostaban a sacar al dictador por las acciones armadas. La cuestión era cómo se podía ayudar desde Argentina a la campaña de la oposición a Pinochet en caso de que el referéndum se concretara. Estaban marcadas en el mapa todas las radios de frontera, desde las que se podían emitir programas a favor del NO. En TV era imposible hacer algo más que dar “aire” a los exiliados en las emisoras ubicadas en territorio argentino, pero se exploraban la circulación de vídeos y otras formas de propaganda. Era importante para ellos lo que hacía Triviño en la Universidad de verano.  A primera vista el proyecto me parecía una utopía, pero también pensaba que Aníbal pudo atacar Roma con elefantes. Al finalizar de la reunión, en otra sala un grupo conversaba con uno de los ministros de Corazón Aquino, entonces presidenta de Filipinas. Schechter comentó hablando bajito, el SMG con la orientación de Mark, trabajó en la desestabilización de (Ferdinand) Marcos y en la campaña electoral de Aquino, a quien seguimos asesorando. ¿Quién paga estos trabajos, salen un platal?, expresé sabiendo de antemano que era una pregunta sin respuesta. “un millonario excéntrico, el mismo que pagará lo de Chile”, aseguró.

Varios años después del NO que había desmoronado al régimen de Pinochet, le pregunté en off a un amigo y en la ocasión ministro chileno: ¿quién pagó la campaña del NO?  Fue Soros, me dijo, pero no se cuentes a nadie. Poco después lo pude confirmar de fuentes del propio SMG y publicado en Chile en El Periodista.

El dilema de Soros

El diccionario de la Real Academia nos da esta definición de dilema: Argumento formado de dos proposiciones contrarias disyuntivamente, con tal artificio que, negada o concedida cualquiera de las dos, queda demostrado lo que se intenta probar/ Duda, disyuntiva. Mientras que en Manuel Seco encontramos: Situación en que es preciso elegir entre dos posibilidades igualmente buenas o malas.

Soros que ingresó a ese grupo tan reducido de los milmillonarios gracias a negocios puramente especulativos de muy corto plazo,  tiene sin embargo, una opinión pesimista sobre un mundo controlado por las finanzas. “El fundamentalismo de mercado es el responsable de que el sistema capitalista global carezca de solidez y sea insostenible”, asegura.

Discípulo y admirador de Karl Popper, sostiene haber transformado sus ideas en una filosofía práctica, que ha enriquecido para aplicarla a sus inversiones y en la política. “A diferencia de la ciencia, una hipótesis financiera no tiene que ser verdadera para ser rentable; es suficiente con que llegue hacer aceptada generalmente”, puntualiza. Tanto de la lectura de sus libros y de los numerosos artículos publicados en la prensa mundial, como del relato de quienes lo han frecuentado o entrevistado, se puede advertir que es una “rara avis”.  Obviamente que es difícil encontrar un tonto entre los que figuran en el ranking de Forbes, Soros menos que nadie. Tiene una visión particular – a veces aparentemente contradictoria, casi cínica –  de cómo se mueve el mundo, pero hay que reconocerle una gran coherencia en sus acciones. Es además un hombre de costumbres austeras, muy lejos del boato y los vicios al uso de los nuevos ricos.

El final de la Guerra Fría y negocios tras la cortina

El final de los “30 gloriosos años” de la economía capitalista de la posguerra (tiempos de Nixon, consolidados con Reagan y Tatcher), fue la señal de largada para la carrera de los financistas. Muchos quedaron en el camino, pero la ventaja de Soros es que nunca compró la teoría neoclásica. Lector de La Gran Transformación, de Karl Polanyi, desconfió del dogma, a la vez sabe jugar no sólo en el gran tablero geopolítico, sino en el barro de la lucha política.

Cuando Gorbachov propone la apertura política de la URSS, Soros ve una oportunidad no sólo para los negocios, sino de los cambios que acarreaba el final de la Guerra Fría. Como lo ha escrito, no apoyó el proceso de desintegración de la Unión Soviética. Pensaba en la posibilidad de una transición ordenada hacia un tipo de gobierno socialdemócrata, como los de Europa Occidental.  Apostó no sólo con ideas sino con plata y se estima que perdió unos 2.000 millones de dólares. En lugar de una ordenada y planificada privatización de la economía soviética, la vieja nomenclatura se convirtió en mafia y se apropió de todo lo que tenía algún valor. “La actitud de occidente me decepcionó. Toda aquella palabrería acerca de la libertad y la democracia había sido sólo eso: propaganda”, fue la conclusión de Soros.

La corrupción

José Eduardo dos Santos, que está en el poder en Angola desde hacen 35 años, tuvo asimismo un momento de idilio con Soros. Los negocios relacionados con el petróleo angoleño, que han sido la fuente del extraordinario enriquecimiento de la familia gobernante, llevaron a una curiosa operación de la Open Society, la fundación de Soros. Luego de varios meses de tratativas, el 13 de noviembre de 2003 se estuvo a punto de firmar, en la embajada de Angola en Washington D.C. un acuerdo con la Sonagol (la empresa estatal) y el gobierno angoleño para garantizar la transparencia de la gestión gubernamental, en particular, en el sector petrolero.  Fracasó el entendimiento, pero ello no fue un obstáculo para que siete años después, Soros Fund Management  aparezca como accionista de Cobalt, una petrolera involucrada en varios escándalos de corrupción con las empresas y los negocios de la casta dominante de Angola. La paradoja es que Soros escribió sobre esta lección africana: “he descubierto que las personas de los países ricos en recursos y pobres en recursos son igualmente pobres. La única diferencia es que los gobiernos de los países ricos en recursos son mucho más corruptos”.

Los conspiranoicos

Sus intervenciones políticas y financieras han dado lugar a un tropel de leyendas. Una de las últimas es que se le adjudica un papel como instigador del derribo del vuelo MH17 de Malaysian Airlines, en Ucrania, y hasta del brote de la epidemia del ébola, esta última maldad compartida con Bill Gates.

Fuera de los delirios conspiranoicos, Soros no tiene problemas en declarar al ser consultado por la CNN, que “como todo el mundo lo sabe” él ha estado involucrado en el financiamiento de grupos políticos en Polonia, en Hungría, en la república Checa y en Ucrania “desde antes de su separación de Rusia”. En la lista no escapan Serbia y, en 2003, su aporte a la “Revolución Rosa” de Georgia,  que llevó al poder a Mijail Saakashvili, un personaje tan vinculado a la Open Society, que algunos medios de prensa cambiaron irónicamente en sus titulares el nombre del país en que nació Stalin por el de “Sorosistán”.

Su financiamiento de la lucha por los gitanos, unos 500.000 que residen en países europeos sin derechos, sin educación, sin salud,  les lleva a los “cospiranoicos” a preguntar dónde estará el negocio para Soros. Otros imaginan, sin prueba alguna, que la prédica que lleva Soros desde 1994 para legalizar la marihuana, esconde una futura operación comercial. Del tema habló en Nueva York, el año pasado, con el presidente uruguayo Pepe Mujica, al que ofreció todo su apoyo a la iniciativa, que ya pusieron en marcha los orientales. En general los conspiranoicos suelen ser gente muy tonta y muy crédula, Soros no se vende como la Madre Teresa, pero tampoco idealiza el mundo en que ha vivido.

La crisis que se inició con la caída del Lehman Brothers, en 2008, confirmó varios de sus pronósticos sobre la crisis del capitalismo. Antes del estallido europeo, advirtió sobre el mal diseño del Euro, que podía ser vista como una pulseada contra Ángela Merkel. Se trata de una partida todavía abierta.

El gran historiador marxista, Eric Hobsbawm, que falleció hacen dos años, contó que Soros se había arrimado hasta su casa de Londres para consultarlo en los momentos álgidos de la crisis. El pensador de Tréveris había vuelto a ser el personaje del año para la prensa británica. Hobsbawm reveló una anécdota de la charla con Soros durante el almuerzo: “¿Qué piensa usted de Marx?” Aunque no hay mucho en lo que estemos de acuerdo, me dijo: “Decididamente, algo tiene este hombre”.

Vale por ello conjeturar sobre el dilema de Soros.  “La amoralidad de los mercados ha socavado la moralidad, incluso en aquellas áreas en que la sociedad no puede funcionar sin ella”, sentenció. Y no nos extenderemos aquí sobre lo que ha escrito sobre los políticos modernos o posmodernos.

Seguramente sin saberlo, Soros parafrasea al gran filósofo y científico argentino Mario Bunge, que a los 95 años, presentó esta semana sus memorias (editadas por Eudeba) en un multitudinario acto realizado en la facultad de Derecho de la UBA. Para Bunge “El capitalismo fue un gran avance, pero moralmente es injustificable”.

Carlos Abel Suárez es miembro del comité de redacción de Sinpermiso

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