Educados (deseducados) para vivir en el paraiso y destinados a vivir en el infierno

infiernovidamoderna

La sociedad aberrante actual y el sujeto en putrefacción, o ser nada, que la habita dan una crianza a niños y adolescentes que se fundamenta en una idea fija, constituir criaturas destinadas a gozar y disfrutar, a acumular delicias de la cuna a la tumba. Las madres y padres, que suelen ser epicúreos patéticos y hedonistas frustrados, desean hacer de sus retoños una prolongación de sí mismos, con lo que buscan que sus vidas sean una sucesión de acontecimientos gozosos, donde toda dificultad o malestar queden excluidos.

Dejemos el trastornado universo de lo que debe ser o se desea que sea y pasemos al más riguroso de lo que es, en dos puntos: a) qué está resultando de la educación hedonista y placerista, b) cómo será la sociedad del futuro inmediato.

Ya son varias las generaciones que han sido deseducadas conforme a los fines mencionados. Lo logrado puede describirse como sujetos aquejados de inmadurez crónica, escasos de inteligencia y creatividad, débiles de espíritu y de cuerpo, ni justos ni responsables ni valientes, egocéntricos y caprichosos, insociables e incapaces de amar, obsesionados con los bienes materiales y el consumo, sumisos antes los ricos y los poderosos, ineptos para comprender qué significa el vocablo libertad pero muy expertos en percibir lo que quiere decir la palabra dinero. Además, se desmoronan ante la primera dificultad, con la depresión siempre acechante, están atenazados por diversos padecimientos psíquicos, no saben recrearse con las cosas positivas de la existencia, carecen de vida espiritual y poseen una mediocre salud física.

Lo que viene es de aúpa. Occidente se está desmoronando. Su economía se debilita día a dia aunque con altibajos, mientras las potencias emergentes van de logro en logro. En 15/20 años, cuando los niños mimados e hiper-protegidos que ahora son deseducados vivan en la madurez, estará ya muy baqueteada la sociedad de consumo y el Estado de bienestar, con una economía de salarios bajos, jornadas de trabajo interminables y escasez múltiple para las clases populares. Una sociedad en la que el amaestramiento hedonista que ahora reciben aquéllos será un enorme inconveniente incluso para simplemente sobrevivir.

Lo peor no será la penuria sino el habitar en una sociedad en que los rasgos decisivos de lo humano han sido extinguidos. En el pasado, las épocas de pobreza material extrema se sobrellevaron acudiendo a la riqueza anímica de la sociedad y el individuo. Había cooperación y solidaridad, normas éticas aplicadas, inteligencia natural, voluntad de salir adelante a partir del propio esfuerzo, alegría en los padecimientos, afecto integrador y hermandad operante. En el futuro lo peor no será la escasez de bienes físicos sino la indigencia espiritual y la desintegración de la calidad de la persona. Eso es lo que hará la vida durísima.

En tales condiciones, ¿podrán sobrevivir estos niños y niñas que ahora son adoctrinados y amaestrados para, en su edad adulta, llevar unas vidas imposibles?

Se tiene, por tanto, que educar con amorosa severidad, no con mimos, “permisividad” y paternalismo. Hay que plantear exigencias, inculcar valores y mostrar que los deberes son más importantes que los derechos. Es necesario fomentar la fortaleza psíquica y física, para que la persona sea capaz de hacer frente a no importa qué dificultades. Se tiene que enseñar a amar, a fin de que el niño y el adolescente trasciendan la cárcel del yo y se abran a lo universal. Hay que habituar a padecer, a sobrellevar, a sufrir. Es necesario inculcar una férrea voluntad de sobrevivir en cualquier circunstancia, no sólo ni principalmente para sí sino para el bien general y para el otro.

El ser humano es, por naturaleza, bipartido, buena/malo, y una educación digna de tal nombre ha de enseñar asimismo a lidiar con el propio mal interior, sin permitir que el victimismo le convierta en un narciso inconsistente y quebradizo.

Una responsabilidad grande en esto es de la madre “a la española”, en realidad una triste herencia del franquismo hecha suya por la progresía. Este tipo de mujer está persuadida de que todo consiste en amar a su prole, sin educar a ésta para que la ame. Así construye personas incapaces de querer e ineptas para convivir en pie de igualdad. La madre ha de ser madre, no sirvienta y mucho menos esclava de sus hijas e hijos. Se concibe como sujeto de deberes, e idea a sus hijos como adscritos a derechos. En vez de entender la función maternal como un intercambio de amor la piensa como un vivir de rodillas. Sirve pero no desea ser servida, ama pero no pretende ser amada.

Lo que dimana de ahí, en tanto que pedagogía, es un desastre. Las hijas e hijos así deseducados son despóticos, caprichosos, carentes de límites. Se obsesionan con su libertad e ignoran la libertad de los demás. No logran concebir al otro como alguien a quien considerar y querer, y tienden a pensar que la humanidad entera ha de ponerse a su servicio. Con una escasa o nula vida interior y fortaleza psíquica, en sus vidas de adultos propenden a reproducir las relaciones de dominación que mantuvieron con su madre, negándose a admitir responsabilidad, realizar servicios y asumir deberes. Todo ello les hace tristes, insociables, vulnerables, débiles, acomplejados e ininteligentes, esto es, poco apropiados para sobrevivir en los pésimos tiempos que ya están ahí.

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