NO a la Educación ‘Pública’

Tras haber formado parte de la ‘escuela pública’ hasta sus últimas aulas, la universidad, lo expuesto aquí nace de mi experiencia directa en aquella, la cuál a fecha de hoy aún mantengo, lo que me permite seguir siendo un observador y me permite haber confirmado todo lo que, paralelamente, se desprende de un análisis de nuestra realidad: que cualquier Escuela ‘Pública’, unicamente como imposición estatal, no puede significar nada bueno.

Lo primero es una aclaración necesaria. ‘Escuela pública’ es una concepción manida y convenida que remite a la escolarización del conocimiento con fines utilitarios, que en ningún caso puede tratarse de ‘público’ (propio del pueblo, que emana de él), sino de, en este caso, ‘estatal’, pues es propia del Estado (impuesta y condicionada por éste) y emana sólo de este. La fraseología del tan aciago progresismo empeñada en identificar ‘lo del pueblo’ con ‘lo del estado’ evita, una vez más, que las cosas se llamen por su nombre. En este caso, huelga decir, la denomiación de ‘público’ sólo se entiende como construcción demagógica urdida aquí y allí para legitimar la necesidad de una escolarización estatalista del saber, que se vende mejor si se considera como algo ‘público’ y se incluye en los programas redentores del progresismo estatófilo que hace creer que lo del Estado, por ser del Estado, es bueno y adecuado.

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El fin de la Escuela Pública, como institución con decisivos pero no clarificados fines, es el Estado. Los recitales hiperrepetidos, de ‘culturizar’ a los jóvenes, que han legitimado la escolarización forzosa, debe ser matizado: se trata de culturizar a los jóvenes en la razón de Estado. Esto quiere decir que el afán de conocimiento supuestamente entregado en las aulas pasa, en todo caso, por asumir las macro-reglas del juego, que son las que conforman la ideología estatófila, fiel al poder y con prohibición expresa (por omisión) de toda forma de contestación, entendido el Estado como sistema que, con impulso de supervivencia, no va a permitir las condiciones que pudieran ponerlo en jaque. Así, la misión de la Escuela ‘Pública’ (a partir de ahora ‘Estatal’), consiste en impedir dicha contestación: adscribir el conocimiento a la labor Funcionarial (del funcionariado), reproducir el sistema de des-valores propio de la fe irremplazable por el Estado, insertándolo en cada conciencia que moldea (todas las que ocupan sus aulas) para crear seres clónicos a tal efecto; en fin, desposeer del todo a la juventud (como axioma, la escuela, del poder coercitivo dirigido a distintos sectores de edad) de las posibilidades de medro reflexivo y crítico y confinando este proceso, el de desarrollo, a mera réplica de la voz de los resortes despóticos instaurados en el poder, que en tanto tales, ejercen indiscrimidamente el lavado de cerebro de la multitud, del cuál callan y lo presentan como una conquista y una necesidad inapelables para la formación de las gentes. Este hecho en sí, que nada dice de la calidad de dicho adoctrinamiento, me hace repudiar el proceso, en tanto aniquilación de la creación subjetiva, discreta y genuina de cada ser humano como tal, y negarlo supone postrarse ante la maquinaria propagandística y aleccionadora del Estado y pedir ser fulminado.

La escuela se propone, así, escribir los límites del conocimiento con arreglo a lo que los dogmas estatófilos permiten, lo que comporta en sí mismo un secuestro del saber a manos del que ejercita el proceso, en este caso, un profesor-funcionario que ejerce como tentáculo de la razón impositiva del Estado a causa de remuneración, evidentemente, bajo la tibieza de su conciencia que, como la de los alumnos, permanece tranquila e ignorante, víctima del mismo proceso secular años antes. La voluntad de dicho funcionario, por excelsa y noble que fuera, no resuelve el problema, pues lo sustantivo de éste está imbricado en el profesor como funcionario, que al serlo, es devoto, siervo, de la ideología dominante. La producción de conciencias tiene el resultado del amaestramiento, pues los principios rectores del proceso son la obediencia a la autoridad (la verticalidad-jerarquía de los alumnos-profesores no en tanto sabiduría sino en tanto rango-estado del letrado y del mayor, lo que lapida su disposición de seres más sabios y confirma la de seres más tiranos) y el desamor, causa y consencuencia de la primera, que inflige miedo, sumisión, inferioridad y odio a los niños desde temprana edad, roles que marcarán todo el proceso y que configurarán indefectiblemente su personalidad futura, principios de los que despojarse constituirá algo en la mayoría de los casos imposible.

La Escuela Estatal comparte en todas sus manifestaciones unos macro-contenidos, vectores que guían toda la docencia, científica o ‘humanística’, que tienen por fin conducir todo el proceso a la praxis, no al saber en sí mismo como meta. Así, se potencian, ejercitan y premian sólo las capacidades lógico-racionales (memorizar, operar con sistemas-lenguajes, principalmente dos, la ciencia matemática y el discursivo), ninguna otra. Todo el reconocimiento titular reside en ser habilidoso en aquéllas, para posteriormente utilizar dicho título como refrendo que confirme cuán habilidoso se es para contribuir al sistema que sólo concibe premiar bajo sus preceptos aquéllo que le es provechoso, y dichas capacidades y no otras lo son. No se promociona, así, una epistemología más abarcante, que contemple el descubrimiento espiritual (pero que lo relegue, claro, del aula, e invite al alumno a descubrirse conociendo), para el que la obligatoriedad de la confesion en la religión Católica no es más obstáculo que la obligatoriedad de la confesión estatalista. La fe profesada en ambos caso es asombrosamente idéntica: la entrega idiotizada a los dioses de ambas conforma un acto de des-posesión de uno mismo, cuyo exorcismo es necesario para rescatar la experiencia religiosa de los manuales dogmaticos y entregarla al autodescrubrimiento discreto, desnudo, del universo. La Escuela Estatal es, pues, plenamente confesional. 

CRUCIFIJO COLEGIO

Los exámenes y ‘pruebas’, como vallado del saber, confinan también la voluntad del estudiante, que sólo se dirige a sortear dichos obstáculos en la consecución del título, único anhelo perseguido, traicionandose aquí no sólo el propio conocimiento sino la misma voluntad, que nada vale sino como ejercicio de dedicación al ‘estudio’ memorístico para dicha poco auténtica meta. Así, la voluntad no se ejercita como autodominio de uno, como calidad en sí, sino que protagoniza un desprecio flagrante, un olvido mayúsculo que sólo se acuerda de ella en su calidad de músculo al servicio de la fuerza bruta e irreflexiva que tira del estudiante holgazán, terco y desmotivado, características propias, precisamente, de sujetos que no tienen dominio de su voluntad y todo les supone un reto poco apetecible. La educación en la voluntad conforma un distintivo de gentes dispuestas a lograr los fines que persiguen (si éstos son elegidos con un nivel de consciencia elevado) y es redentora, no fustigante, como resulta para quienes la sufren y no la controlan.

Como decía, la escuela estatal ha triunfado en la mente de sus pupilos, de forma que éstos no desean el conocimiento; se desea cumplir con el programa para aplicar el pseudo-conocimiento adquirido. La supremacía de lo pragmático por encima de la misma sapiencia, que sin lo primero nada parece valer, mutila el propio proceso de conocer, pues no se tiende a él como meta, como necesidad de verdad (Simone Weil), sino como vehiculo para integrarse irreflexiva y acríticamente en la realidad, asumida así por condicionamiento empecinado y constante, a través de la propia escuela y de todo el entorno social. La promoción de la educación ‘publica’ anula el vislumbre de la alternativa a la escolarización (que dicho sea de paso, es forzada, en la infancia): la autoformación del sujeto, como Autodidacta, se concibe como un rol pernicioso, al hacerse ‘sin guía’, a la deriva, y sobre todo, sin futuro práctico, pues ‘nada’ avala su estudio, por profundo que sea.

La educación ‘publica’ enmascara, en realidad, el reclutamiento masivo de funcionariado público, no en lo relativo a los contenidos, que cada cuál operará distintamente (periodistas, biólogos, físicos, filósofos y demás titulados), sino en cuanto a la axiología de valores vertebradora de sociedad como valor-compartido, que guía a todos, cada uno en su huerto. La educación entregada a ingenieros y ‘comunicadores audiovisuales’ es idéntica, en lo sustantivo: se basa en corporeizar conjuntos de teorías con coherencia sintáctica (que nunca tratan aspectos decisivos de la cosmovisión moderna) para proceder a su deglutir indiscriminado, irreflexivo y tirano (impuesto) por el alumnado, de forma que éste se cree forjado en la personalidad del sapiente, en su materia, mientras no hace más que repetir lo concebido por sofismas teóricos que le son ajenos, y a la vez, traiciona su autenticidad como sujeto-volente para crear la personalidad clónica-obrera, todo ello revertido de la pragmática imperante hoy, la de asalariarse y productivizar el saber a través de labores para cuyo reemplazo humano selectivo han sido concebidos los titulos universitarios ofertados. Tal es la decrepitud de las aulas, la muerte del conocimiento-creativo a manos de una epistemología tramposa y sin vistas a la verdad. La juventud vive entregada a la causa que niega su principio reactivo (que explota inexorablemente por donde consigue hacer brecha, de forma subconsciente o no pensada -las evasiones juveniles, los sueños creativos, lo que aniquila su capacidad creadora al no ser auto-consciente). Se mutila así también al ser humano, pues se le confina a pensar que su proceso de conocimiento sólo ocurre en la escuela, y éste es sólo un proceso necesario para productivizarse, profesionalizarse: la sabiduría ya no es, entonces, un valor. Se producen seres embrutecidos, creados para autonegarse su proceso de construcción constante como sujetos fuera del aula, originando personalidades egocéntricas en lo absoluto, charlatanes forjados en lo académico como fuente única y última del saber, que dan por acabado el recorrido de la sabiduría al cerrar los libros.

La diferenciación entre personas, habiendo unas más proclives a desarrollar facultades más intelectivas; otras a elevaciones menos sublimes, en aprecio de otras; en definitiva, la existencia de una distinción en la calidad de las metas entre seres humanos no justifica un sistema que promociona sólo aquellas que le son útiles, sacrificando toda posibilidad, por quienes cuya predisposición es adecuada, de cultivar otras virtudes. La Escuela Estatal es, pues, escuela del adoctrinamiento.

La educación reduce la perspectiva de miras a una sola, la razón de Estado, que ha visto su mejor jugada en integrar en sí la noción de libertad, de forma que quienes profesan su fe se descubren seres absolutizados en lo ‘libre’, con capacidad de acción interminable, mero simulacro de una libertad autoconstruida, un camino necesariamente largo (quizás infinito), con tropiezos y coqueteos con formas de libertad que terminan por ser formas de no-libertad para arrojar nuevas claves y pistas, trascendiéndose estadios anteriores en pos de nuevos hallazgos. El progresismo, como supuesto reformismo emancipador de la educación, antes tradicional  y opresora, hoy hecha más ‘democrática’, comporta un enemigo primero. La participación del alumnado en la docencia implica la misma ilusión que la participación del ciudadano en la gobernación: las propuestas nacidas por parte del alumno-ciudadano no comprometen al poder, sino que le son insustanciales, pues éste sólo ha abierto el canal para las consignas nimias, pero al serlo, al permitírsele emitir voz con maquillaje decisivo, el alumno se siente ‘libre’ y legitima así el sistema de educación, ahora tenido por democrático, proceso copiado del sufragio tramposo que, igualmente, cuenta con que las conciencias han sido previamente intervenidas. Por lo tanto, la ‘sociedad de la información’, de la multiplataforma y de los nuevos formatos de enseñanza, tenida por emancipadora y democrática, sólo supone un cambio de formas, no de contenidos, con el peligro añadido, tremendo, de la legitimación de la escolarización por quienes deberían combatirla en honor a la verdad-libre, a su mismidad no intervenida. La impostura de la razón de Estado es inmovil, inviolable, porque sus adeptos, envenenados por la teoría del progreso redentor, abducidos por preceptos posibilistas que personan la inmortalidad del Hombre, se creen todo-libres, en la cima del camino, característica propia de los fanatismos infantilizantes, que niegan la propia condición humana: la finitud. La escuela pública es el monasterio donde se profesa la fe del Estado, y lejos de ser esto una nimiedad que cada cuál integre en su modo de vida, construye de forma decisiva la sociedad, pues es todo-abarcante, ya que funciona, como se ha dicho, como axiología, como conjunto de valores, no como algo específico a cada caso.

La escuela es, después de todo, repudiable, cuando está tomada por el fanatismo ensordecedor que silencia la crítica con la mordaza de la imposibilidad de ser desde la infancia, todo un crimen. Resulta ser un modelo que muestra el laberinto de la condición humana pero dispone su final, su macro-salida, la que provoca el acomodamiento burgués, asalariado, neo-esclavista y, así, dócil e irreflexivamente entregado al Gran Maestro que contiene la boca de todos sus profesores-funcionarios, el Estado.

La experiencia escolar, con todo, no es totalmente nefasta, no porque, después de todo, sus propósitos inconfesos tengan la cara oculta de la bondad, sino porque en la aplicación de éstos intervienen otros factores que si pueden ser tenidos por positivos, siempre a la sombra del secuestro primario. Así, en la escolarización infantil, el alumno se sociabiliza con compañeros, algo estrictamente necesario para forjar una personalidad humana; el problema es que estos procesos siempre sean tamizados por los ominosos principios todo-rectores en el Pensamiento Único; y, dado que toda la juventud se haya confinada en el aula, su ausencia invita a la sociopatía, que cuando se permite legalmente (una vez la ‘educación obligatoria’ se termina), da al traste con seres no-formados, sólo amaestrados en la idea de retribuir su actividad. Quien permanece ajeno al salariado más tiempo, aun alimentándose del más vil veneno que niega su capacidad de si, da posibilidades a su madurez de alumbrar la determinación de auto-hacerse y abandonar el aula, cuyo fracaso sólo termina por conducir al mismo escenario: el trabajo asalariado embrutecido, no-consciente, automático y obsesivo.

Huelga decir, después de todo, que la escuela ‘privada’ es idéntica a la escuela ‘pública’, pues sólo cambia, cuando cambia, el signo de sus credos, meras interpretaciones apenas distintas del mismo texto bíblico, la Constitución y todo el aparato estatal. La inconveniencia del discurso ‘privatización’ vs ‘gestión pública’ reluce por sí misma, pues éste sólo representa una distracción al verdadero problema subyacente, el rapto de la humanidad creativa genuina, ahora instrumentalizada, con la retaila de la liberación, por el Tirano más tirano habido, el Estado, cada vez más extenso, más legitimado, más letal.

Por apuntar sólo una alternativa, que en todo caso debe nacer de un proceso reflexivo común y largo (tan largo y capitular como fue la instauración de la escolarización legicentrista), la educación debería enfocarse no como inculcación de contenidos, sino como potenciación de capacidades del conocer; no como premio por la memoria y la repetición burdas y brutas, sino como verdadera emnacipación del sujeto, a través de otorgarle las herramientas que permitan su experiencia en el mundo, sin descender a entregarle la interpretación que de éste haga el maestro de turno, permitiendo así el florecimiento de una bella disparidad de perspectivas, no enfrentadas sino complementarias, no cerradas sino sabidas no-totales, siempre en proceso de hacerse, siempre en proceso de compartirse, y nunca de imponerse. Este es un objetivo que cualquier escuela dirigida por el Estado no puede cumplir, pues su adscripción (en primera instancia, financiación) orienta su quehacer a surtir las mentes de sus víctimas con lo que configuran sus intereses, no los intereses del pueblo, ni mucho menos con ninguna causa desinteresada por y para la formación de los jóvenes, una meta del todo inconcebible para el régimen establecido, que sólo permanece en tanto atomiza, divide y aniquila el pensamiento.

Fuente: http://alencuentrodequienbusca.wordpress.com/2013/11/27/rechazo-de-la-educacion-publica/#comments

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