Literatura y cárcel

carcel2
Breve historia de las cárceles

Dostoievski, Heras, Genet y George Jackson escribieron parte de su obra a raíz de su paso por las prisiones. Hacemos un repaso por algunas de estas obras

Palabras para revelar y rebelar, para dejar sin sombra ni cobijo a los amos. Como las viejas canciones que entonaron los africanos secuestrados en los barcos que cruzaban el Atlántico, algunos libros fueron escritos no para lamentar la esclavitud, sino para escapar de ella, para inventar ventanas en el cemento desnudo, para abrir túneles que lleven más allá de la última alambrada. Como explica el propio Genet en el prólogo de la primera edición de ‘Soledad Brother’: “A pesar de los muros, del aislamiento, de los carceleros, de los jueces, hacia la luz, hacia las mentes libres. El tiempo del blues ha terminado”.

Memorias de la casa muerta
Fiódor Dostoievski (1862)

A la edad de 27 años, en 1849, un ingeniero militar epiléptico y ludópata, traductor de Balzac al ruso y novelista en ciernes, es condenado a muerte –junto a otras veinte personas– bajo la acusación de conspirar contra el zar. La conspiración en cuestión no pasaba de debatir intelectualmente algunas ideas relacionadas con el socialismo utópico, pero, tras las revoluciones que habían tenido lugar en Europa durante el año anterior, el imperio de Nicolás I muestra una política de tolerancia cero contra cualquier posible avance liberal. La pena de muerte, en el último momento, frente al pelotón de fusilamiento, se conmuta por cinco años de trabajos forzados en Siberia, y el ingeniero militar, de nombre Fiódor Dostoievski, vivirá toda su vida con la sensación de estar esperando que alguien apriete por fin el gatillo. La durísima experiencia de la cárcel quedará reflejada en el libro Memorias de la casa muerta y el joven progresista se convertirá en un hombre profundamente religioso y conservador, detractor del incipiente movimiento obrero y del nihilismo. Pero también en alguien para quien la literatura será la única forma de escapar de la prisión, la única forma de salvarse.

Milagro de la rosa
Jean Genet (1946)

Maldito como sólo un poeta francés puede serlo, en realidad toda la obra de Jean Genet –poesía, prosa o teatro– es una invocación a lo terrible, a lo perverso, a lo excesivo y, al mismo tiempo, un canto absoluto a la libertad. Huérfano, ladrón, chapero, iluminado, pasa de las prisiones juveniles a la Legión Extranjera, del ejército –de donde deserta– a vagabundear por las calles, y de las calles de nuevo a la cárcel en una espiral que no finaliza hasta 1948, cuando gracias a la intervención de diversos artistas e intelectuales como Sartre, Cocteau o Picasso el gobierno le concede un indulto. Su mirada desde la periferia y el suburbio, desde lo marginal y lo lumpen es el punto de partida de unos textos y una actitud crítica que irán politizándose cada vez más, algo que llevará a Genet a apoyar activamente movimientos como el Black Power o la causa palestina. ‘Milagro de la rosa’ es la más autobiográfica y las más carcelaria de sus novelas, escrita de manera clandestina en pedazos de papel robados de los talleres de la prisión parisina de La Santé.

Soledad Brother
George Jackson (1970)

En 1960, en la ciudad de Los Ángeles, un chaval de 18 años llamado George Jackson es condenado a entrar en prisión por robar 70 dólares a punta de pistola en una gasolinera. La pena a cumplir es de doce meses como mínimo y, como máximo, puede llegar a cadena perpetua. Denegadas una tras otra todas sus peticiones de libertad, Jackson pasará encerrado el resto de sus días, la mayor parte de ellos en aislamiento. En agosto de 1971, con 29 años, es asesinado por los guardias de la prisión de San Quentin durante un supuesto intento de fuga. En el intervalo entre la sentencia del tribunal y los disparos, en el espacio que separa estas dos muertes, este “hermano de Soledad” –como se conoce a los tres presos afroamericanos acusados sin pruebas del asesinato de un guardia en otra prisión californiana– se enfrenta con todas sus fuerzas a la servidumbre que la cárcel impone, y entiende así que hay cárceles también al otro lado de los barrotes. Toma conciencia de lo que significa ser negro y pobre en los Estados Unidos, lee a Marx y a Mao, a Lenin y a Fanon, funda la Black Guerrilla Family, se une a los Panteras Negras, y escribe. Escribe cartas que describen el imperio del odio de las prisiones y cada carta es un agujero en la pared por donde se filtra la luz; agujeros como los de las balas que acaban con su vida dos días antes de que comience el juicio contra los Soledad brothers.

Poeta muerta
Patricia Heras (2014)

La culpa de todo es de Miguel Hernández, la madre que me parió, es ponerme a pensar en este chico y desbordarme. Creo, porque con esta memoria pez vaya usted a saber, que el 31 es su centenario y me da el currucu con sólo pensarlo. Supongo que además estoy ovulando… Y me jode no poder estar libre para daros la brasa y recordaros cómo murió en la cárcel, cómo luchó con su pluma por el bando republicano y cómo animaba a las tropas en el frente libertario con poemas y megáfono”. El 26 de abril de 2011 Patricia Heras se suicida. No es necesario explicar de nuevo aquí toda la podredumbre y toda la tristeza del caso 4F. Trabajos como el documental Ciutat morta o el libro Poeta muerta –al que pertenece esta cita de Patricia sobre Hernández– hablan por sí solos: “A la sombra se cobija el amo y señor de esta ciudad muerta”, dice Heras en uno de sus poemas.

Adrian Bernal

Fuente: Diagonal

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s