Alan Moore habla de anarquismo, eternalismo y su novela del millón de palabras, Jerusalem

alan moore

A sus 60 años, Alan Moore es uno de los guionistas de cómic más respetados de los últimos tiempos. A pesar de su tensa relación con el mainstream de Hollywood (al que en gran parte debe su celebridad para con las nuevas generaciones), el autor de Watchmen, V for Vendetta y From Hell aún tiene muchos proyectos en puerta.

Uno de ellos es la plataforma Electricomics para distribuir novelas gráficas directamente en tablets, además de demostrar sus poderes mágicos en instalaciones, piezas de arte, spoken word y TV; otro proyecto, tal vez más ambicioso aún, es la novela Jerusalem, cuyo primer borrador sobrepasa el millón de palabras –toda una declaración en la era del tuit.

La revista Aeon realizó una fascinante entrevista con Moore en su natal Northampton, donde ha residido toda su vida y donde tiene lugar gran parte de su universo ficcional, incluyendo Jerusalem. Y es que en otros momentos de la civilización, nacer y permanecer toda la vida en un solo punto del globo parecía lo normal; pero en nuestros días parece una reclusión innecesaria: el mundo es grande y vasto, o al menos así nos lo parece desde la comodidad de nuestras pantallas. Para Moore, sin embargo, el mundo se replica en todas partes a través del concepto de eternalismo.

El eternalismo es un concepto filosófico que, a grandes rasgos, es una concepción del tiempo como unidad inquebrantable. Según Moore, el continuo espacio-tiempo forma una especie de “gran pelota de vidrio” donde el pasado y el futuro están interminablemente fijos, y la vida humana es como “pequeños filamentos incrustados en un juego gigantesco y vasto”. Todo es, pues, eterno.

Northampton ha estado poblado desde la Edad de Piedra, fue sede de un emplazamiento romano y es uno de los condados más poblados de Inglaterra; desde el siglo XX es sólo un suburbio empobrecido, hogar de un aterrador payaso viral (no, no hablamos de Moore), fábricas y poco más. Pero para Moore, Northampton es una especie de aleph que resume –al igual que cualquier otro punto de la galaxia– toda la historia del universo.

Mientras camina por los barrios de Northampton, Moore ilustra su punto:

Cada persona, cada mojón de perro, cada lata de cerveza aplastada –usualmente hay agujas hipodérmicas y condones y bolsas de mano desgarradas por aquí también– nada se pierde. Ninguna persona, ninguna brizna de partícula se pierde. Ningún evento. Todo está ahí por siempre. Y si cualquier lugar es eterno, entonces el más ignaro de los barrios bajos es la ciudad eterna [esto es: Jerusalén], ¿no es cierto? La cuádruple ciudad eterna de William Blake. Todas estas áreas condenadas y desfavorecidas son Jerusalén, y cada persona en ellas es un ser eterno, digno de respeto.

Anarcomagia

Alan Moore tiene una concepción muy lúcida respecto del anarquismo, y lo considera un motor importante de su trabajo creativo. Para él, el anarquismo significa que:

no hay líderes, lo que no es licencia para hacer lo que uno quiera: de hecho, se trata de asumir una enorme cantidad de responsabilidad, porque estás tomando la responsabilidad de dirigir tu propia vida. Es increíblemente liberador y poderoso –ser responsable de ella y de todo lo que ocurre en ella. Sin mencionar, como pude haber hecho en otra vida, que la razón por la que nunca he sido exitoso es porque vengo de un origen pobre, o de un barrio desfavorecido. No estoy diciendo que esto no es válido para otras personas, pero no pudo haber sido válido para mí. Mi origen y mi barrio no tuvieron nada que ver con que tuviera éxito o no. Eso dependió completamente de mí.

Tal vez su noción de éxito deje perplejos a algunos: después de todo, el trabajo de Moore durante los últimos 30 años ha tenido gran reconocimiento internacional, e incluso la revista TIME consideró Watchmen como una de las 100 novelas más importantes de la Historia. Lo que es cierto es que Moore no ha gozado siempre de éxito comercial: su decisión de romper con DC Comics y con la industria del cine estadounidense ha evitado que el escritor se volviera millonario, pero a decir suyo, “Nunca lo he lamentado”.

El dinero es el código de todo, ¿no es cierto? De todo lo que posiblemente necesitaras en la vida o en la muerte. Pero hasta donde sé, no tengo precio. No se trata de dinero. Se trata de lo que yo siento. Yo estoy a cargo de este universo, justo como tú estás a cargo de aquel universo. Así que soy la deidad suprema de este universo, como podría serlo cualquier otro. Y no me voy a meter con el universo de nadie más, al menos hasta donde pueda –y no es mi deseo hacerlo–, así que más les vale que no se metan con el mío. Este es más o menos el contrato que he establecido. Mi contrato con la realidad. Ustedes me dejan en paz y yo los dejo en paz.

Fuente: Pijama Surf

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