‘Monsieur Verdoux’, o cómo asesinar por un bien necesario

Un fotograma de la película

Traemos hoy a esta sección la comedia más negra, despiadada y satírica de Charles Chaplin: ‘Monsieur Verdoux’. Revuélvanse en la butaca sobre la incomodidad de hacerse mayor sin medios, marginado en la ley de la selva capitalista. Y asistan a cómo alguien normal y corriente puede decir: basta, hasta aquí hemos llegado, y traspasar, como en la película que tanto éxito está cosechando ahora en los cines, ‘Relatos Salvajes’, la raya de lo bien visto. Por cierto, nos relativizan todo tanto cuando al discurso dominante le interesa, que… ¿qué es lo bien visto?

“La vejez es honorable con esta condición: que ella misma se defienda, que mantenga sus derechos, que no se deje someter por nadie y que sea capaz de dominar sobre los suyos hasta su último suspiro“. Marco Tulio Cicerón, Sobre la vejez.

Hoy me gustaría -por ello esta cita-, adentrarme en esa etapa de la existencia en la que muchos tendrán la oportunidad de ingresar, si no están ya de lleno en ella. Me refiero a la vejez, la edad madura, la senectud, o como quieran llamarla, y escudriñar en el cine historias que bajo su prisma nos trasladen al concepto de la dignidad, pues me pregunto si hay algo más complicado hoy en día que sobrevivir dignamente a ciertas edades.

Imagino que ya están acostumbrados al abrir el periódico, poner la tele, navegar entre páginas digitales, redes sociales o escuchar la radio -inmunizados tal vez al leer titulares, tuits, mensajes, por tanto sobresalto diario-, acostumbrados a oír hablar de preferentes, congelaciones o subidas mínimas de pensiones, desempleo excesivo de mayores de 50 años, ERES abusivos, desahucios de ancianos, recortes de ayudas a la dependencia…

En serio, no quiero agobiarles demasiado, aunque sí un poco. Por eso he elegido para esta primera incursión en la senectud, una comedia, una extraña y olvidada obra exquisita, de uno de los padres de la historia del cinematógrafo: Carlitos, Charlie, Charlot, Chaplin.

Monsieur Verdoux. Dirigida, interpretada, escrita y musicalizada por Charles Chaplin en 1947 sobre una idea de Orson Welles, a quien compró los derechos por 5.000 dólares, e inspirada en la historia real de un tal Landru, guillotinado en Francia en 1922.

Henry Verdoux, empleado de banco, ha sido despedido durante la Gran Depresión tras 30 años de cumplir con su trabajo escrupulosamente. Con mujer e hijo que atender, Verdoux concibe un plan a todas luces sórdido: seducir a mujeres ricas con las que casarse, para más tarde asesinarlas y quedarse con sus pertenencias y dinero.

Comedia negra, sátira disfrazada, charlotesca (si no existe este adjetivo hay que inventarlo) en buscadas ocasiones, crítica poco amable a la crisis que imperaba tras el crack del 29, con el capital y el malentendido liberalismo, antibelicista aunque les asombre, sutil a veces, despiadada y directa en otras ocasiones.

Chaplin compone aquí la historia de un hombre hastiado de sus congéneres y de su época. Lo convierte en un asesino refinado, carismático, de exquisita educación y modales, a menudo divertido, acercándolo así al espectador inteligentemente, sin tener que ocultarle al mismo despiadado, incrédulo y revanchista Monsieur en el que se ha transformado.

 Así, al comienzo de la cinta y ante el plano de una lápida, conoceremos de antemano la no pertenencia ya al mundo de los vivos del protagonista de la historia, en un discurso tenebroso pero apacible, de su voz en off: “Buenas tardes. Como pueden ver, mi nombre es Henri Verdoux. Durante 30 años fui empleado bancario, hasta la crisis de 1930, cuando perdí mi empleo. Decidí entonces dedicarme a la liquidación de miembros del sexo opuesto, un negocio estrictamente comercial destinado a mantener a mi familia. Pero les aseguro que la carrera de Barba Azul no es nada rentable. Sólo un optimista impertérrito podía embarcarse en tal aventura. Desgraciadamente, yo lo era. El resto es historia”.

Con esta fórmula, si van a tener un problema moral con las andanzas de Verdoux, sus conciencias pueden aliviarse sabiendo desde el principio que el sujeto ha muerto y que habrá pagado por ellas. Y en cuanto a las pobres víctimas, el viejo Chaplin ya se encarga muy bien de concretarlas en personajes, avaros, ociosos sin conciencia, o nuevos ricos sin prejuicios a la hora del trapicheo más ambicioso. Todo ello enfrentado al candor de la familia, de un niño y una esposa discapacitada, por cuya felicidad y supervivencia se es capaz de todo. De esta manera, Chaplin les invita inteligentemente a acercarse a su protagonista con menos reservas.

Chaplin marca sin reparos, si bien a su manera, la actitud terrorífica del asesino en serie; e iremos descubriendo que no es el psicópata que cabría esperar, como en esa escena en la que cortando rosas en el jardín salva a una oruga de la muerte segura bajo el talón de su zapato, mientras al fondo, una incineradora casera transforma en humo las huellas de su último, llamémosle, trabajo.

Puede parecernos extraño si no desagradable la actitud de este asesino incontrito, sin escrúpulos aparentes. ¿No los tiene? Nos descubrirá, a su tiempo, que el desinhibido homicida no carece de motivación o, al menos no es la que en principio suponemos, pues en realidad Verdoux lo que hace es huir de la oscura travesía por la exclusión social, de una manera transgresora, misógina incluso, si nos apartamos de su lado cómico y la juzgamos sin perspectiva.

Fotograma de la película

Porque, aunque no lo perciban desde un principio, la acción se desarrolla en la época inclemente de la recesión económica de un sistema que trajo al mundo desarrollado, de nuevo, el hambre, el desempleo, los desórdenes ciudadanos, el cierre multitudinario de negocios y comercios, los suicidios, las fugas de capital miserable, el alineamiento desesperado bajo ideologías imposibles de comprender y otra Gran Guerra. Probablemente ya hoy todo olvidado, pero de preciso recordatorio.

Verdoux se atrinchera con su proceder tras la dinámica del Estado, un Estado que le exigió responsabilidad y orden, para lanzarle, después de los servicios prestados, sin red, a la jungla resultante de los actos de aquellos que probablemente no la sufrirán. Su discurso sobre el bien y el mal viene dado desde lo aprendido. ¿Quién le enseñó a asesinar por un bien necesario?, ¿no le habían dado ese mismo argumento para justificarjustificar las guerras y demás intervenciones armamentistas de los Estados?

“Un asesinato te convierte en un villano, millones en un héroe. Los números santifican. ¿No es la misma sociedad la que construye las armas con el único propósito de matar?, ¿no se han utilizado estas armas para matar mujeres, incluso niños inocentes de una forma en verdad, científica? Como asesino de masas, no soy más que un simple aficionado”, dirá Verdoux durante su juicio.

Cinematográficamente, todo en esta obra me funciona, sus diálogos, sus actores (estupenda Martha Raye), sus escenarios, su planificación, sus elipsis (magnífica la escena de la muerte de Lydia Florey), sus divertidos gags marca de la casa, su impecable fotografía y su acertada composición del sonido, en ésta, la primera película realmente sonora del maestro.

Cómo no, indicarles, muy a mi pesar de nuevo, que fue una obra maldita, vilipendiada y censurada en EE UU, aplaudida en los países europeos cuya censura no impidió su estreno (como en el caso nuestro), y un motivo más de persecución a un Charles Chaplin tachado, ya antes, de filocomunista, ateo y antiamericano, casi un monstruo, que acabaría huyendo para pasar el resto de sus días lejos de Estados Unidos. Un ídolo desterrado y hundido por lobbies señalados y cabreados.

Como ejemplo, les dejo algunas de las preguntas que le hicieron en la rueda de prensa durante la presentación de la película, a la que Chaplin se enfrentó con la siguiente frase: “Empieza la masacre”. He aquí algunas:

“¿Cuáles son sus opiniones políticas? ¿Por qué no ha adoptado aún la nacionalidad americana? ¿Quiere hacer películas todavía con el vagabundo o pretende hacer solamente películas con personajes subversivos?”.

En fin, todo muy cinematográfico.

No se pierdan, si tienen la ocasión, esta excelente película, quizá la más fascinante del autor, quizá adelantada a su tiempo. Extraigan sus propias opiniones sobre la dignidad o no del sujeto Verdoux, y ya que están, de nuestros ancianos vapuleados y su hasta ahora sosegado discurso. Pero, sobre todo, disfrútenla y ríanse cuando les haga reír, pues Chaplin también lo hubiera querido, que el próximo día puede que nos toque llorar.

por

Fuente: http://elasombrario.com/monsieur-verdoux-o-como-asesinar-por-un-bien-necesario/

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