Las trampas del Ego: Los “Elegidos”

Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”. Una amiga mía me dijo un día que los elegidos no son personas especiales, con una “marca” de Dios que les ha señalado, sino los que responden a la llamada que hay en el interior de todo ser humano. O sea, que eres tú el que eliges -el libre albedrío-.

En otra ocasión, alguien me dijo que no se trata de buscar nada -ni siquiera la “santidad”, la “iluminación” o simplemente ser mejor persona-, pues buscar implica un deseo que crea tensiones y malestar, como cualquier otro deseo. De lo que se trata, según ella, es de seguir la llamada.

Así pues, no es cuestión de buscar, sino de escuchar, estar atento, abrirse a ello en lugar de negarlo o taparlo. Mi padre nos decía a menudo que la conciencia de cada uno, si demasiadas veces no la escuchas, no le haces caso, se harta y se va. Esta idea se me quedó muy grabada. Hasta tal punto, que en ocasiones caí en un exceso de escrúpulo, en sentimientos de culpa. Sí, hay que escuchar atentamente, pero sin juzgar, sino ya empezamos el círculo vicioso. Escuchar con amor, con comprensión, sin identificarte con el error.

Algunas personas, por miedo a que su conciencia les agobie, les exija más de la cuenta, la hacen callar. Piensan que les va a machacar: desconfían de su voz interior. Pero en realidad es lo contrario. A corto plazo, a veces te incomoda, es cierto, pero a la larga es una liberación descubrir lo que hay dentro de ti. Ya no desconfías más. “Cuando te pones receptivo al sol que eres, quedas iluminado” (Consuelo Martín).

Pero entonces puedes volver a caer en la trampa de sentirte especial, porque te dices: “Ah, pero yo he respondido a la llamada, y otros no. Yo soy un alma evolucionada, etc. etc.”. Y ya estamos otra vez.

Bueno, a lo mejor es normal que sea así, sólo que no hay que creerse ese juego del ego, ni desesperarse tampoco. La mejor solución es no hacerle demasiado caso -ni creerle, ni oponerse a él con furia-. En ambos casos gana él la batalla. Conviene observar, saber de dónde te viene ese sentimiento, ver sus estrategias, reconocerlo y no confundirse, no darle credibilidad. El ego no es importante. Y eso es justo lo que quiere, que le demos importancia. “Si no podemos destronar al tirano, al menos quitémosle poderes” (Tony de Mello).

Lo importante es nuestro ser interior; si le damos la oportunidad, se muestra tal como es: todo luz y amor. Y el amor nunca se siente importante, no alardea de nada. El amor está ahí y se esparce en todas direcciones. Es su naturaleza. Todos somos especiales por tener esa capacidad en nuestro interior. Se trata de descubrirla -literalmente, sacar lo que la cubre-. Y te quedas asombrado de su fuerza: firme, pero suave. Nunca resulta prepotente. Si acaso desarma, que no es lo mismo. No hay esfuerzo, no hay lucha; fluye natural.

Lo que nos hace verdaderamente felices es querer y que nos quieran. Pero de estas dos cosas, solamente está en nuestra mano querer. Concentrémonos, pues, en lo que nosotros podemos hacer, y dejemos que la vida se ocupe del resto.

“Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme” (dijo el centurión a Jesús). Esta actitud muestra una gran humildad y fe, pero… ¡cuidado!: el ego también juega a veces el papel de la falsa modestia. En realidad, sí que somos dignos, todos somos dignos… lo único que se nos pide es que escuchemos confiados y humildes. Eso es todo lo que hace falta. Lo demás viene solo, es una gracia, es un don.

“Sólo hay un pecado: darle la espalda a Dios” (La Respuesta del Angel). Yo preferiría sustituir la palabra pecado por error; es mejor hablar de errores y aciertos que de culpas y méritos -esa es una terminología del ego, como “malo” y “bueno”-. Y podríamos añadir: “Sólo hay una postura acertada: atender a la llamada de tu voz interior”. Simplemente decir “sí”, no resistirse más. Realmente funciona. ¡Qué descanso! Parecía difícil, pero es así de sencillo. No hay que darle más vueltas.

Por Elvira Coderch

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