Zombies, Metáfora de la Humanidad en el siglo XXI

zombies hoyComo todos sabemos, al menos desde hace algunos años los zombies están de moda alrededor del mundo. Películas, juegos de niños, videojuegos, muñecos, etc, los muertos vivientes andan en todos lados.

Desde luego, no hablamos del fenómeno vudú desarrollado a lo largo del siglo XVII por los esclavos negros llevados a las Antillas, desde Dahomey (Africa Occidental), y cuyos descendientes actuales siguen practicando diversas tradiciones rituales de lo que comúnmente se ha dado en llamar como “santería” y que han hecho famoso países como Haití como el país origen de la creencia de los zombies.

Pero no hablamos de este tipo de zombie, sino de una especie terrorífica creada por Hollywood, cuyo éxito en el imaginario social contemporáneo es digno de tomarse en cuenta.

¿Cuál es la causa de esta “fiebre zombie” que hoy en día nos azota?…¿porqué los zombies están de moda?. Es curioso que hoy por hoy hablemos de moda zombie, el sentido primario desarrollado en las Antillas, era el de un sujeto cuya voluntad está a merced de un hechicero, un brujo que le esclaviza, sin que la víctima pueda hacer nada contra ese letargo.

La magia vudú permitía este control de un cuerpo a distancia, en realidad; el hombre que no se pertenece así mismo, y cuya voluntad está a merced de otro ha sido por autonomacia la definición del esclavo.

Quiero citar aquí las palabras de Aristóteles desde el siglo IV a. C.

“Esclavo es quien no se pertenece así mismo”. Bien podríamos entender al zombie antillano bajo esta categoría, que por cierto me parece fecunda.

El zombie actual que todos conocemos, el creado por la gran industria cinematográfica presenta notables características. Su descripción “etnográfica” no parece ofrecer mayores dificultades, además de ser un muerto viviente es decir; un cadáver capaz de moverse, caminar, e incluso correr (trastocando el orden cósmico prevaleciente en cualquier sociedad interesada en dejar bien clara las fronteras entre vivos y muertos).

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El zombie hollywoodense condensa las características más atroces imaginables para la moral de Occidente es caníbal, tiene un apetito feroz por la carne humana viva, más el contacto con su saliva es mortal pues sus víctimas son infectadas con el mismo mal, de manera que se convierten en zombies también.

Se trata de cadáveres al acecho de la vida, no operan en función de ningún principio racional individual, no tienen conciencia alguna, son autómatas en constante búsqueda de seres humanos para devorar.

No se puede negociar con ellos, no hablan ni parecen tener voluntad propia, no forman entidades políticas ni sociales reconocibles, son simplemente masas de cuerpos indiferenciados corruptos, y corruptores, sin mayor propósito que matar a los seres humanos “normales” y tornarlos como ellos.

Quizás lo que resulte aún más espeluznante es que este zombie, al carecer de conciencia, tampoco posee voluntad individual, se trata de un ente reducido a un mero cuerpo pútrido que obedece a una voluntad de masa, una multitud devoradora e incontenible, que se mueve con la misma lógica de un ejército de hormigas… no hay individuos, sólo masa.

Puesto que estos seres ya están muertos, tampoco se les puede matar definitivamente, como suele suceder en casos análogos con enemigos mortales potencialmente exterminables (terroristas árabes, rebeldes vietnamitas, etc). Desde el punto de visto belico-hollywoodense…¿puede haber algo peor que un enemigo que ya está muerto?.

El zombie reúne antiguos terrores medievales con los viejos miedos del liberalismo burgués decimonónico, un miedo a los otros que se edificó a finales del siglo XVIII, con respeto a numerosos pueblos indígenas cuyo género de vida resultaba (y resulta ahora) tan chocante para el liberalismo burgués.

El miedo a las colectividades “sin ley, lenguaje ni Estado”. Todos sabemos que no existe un Estado Zombie, no tienen gobierno ni lenguaje tal y como se decía de los pueblos indígenas americanos), también se advierte el miedo a los grupos humanos donde el factor individual no es el más pertinente (y en que volvemos a reconocer un asomo de la edad indígena.

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Por otro lado el zombie también condensa miedos más modernos, el miedo al contacto “infeccioso” con aquellos pueblos exóticos que mejor sería mantener al interior de un cerco sanitario a fin de impedir que su género de vida, costumbres, e ideas, “contamine” a los propios (y en el que podemos reconocer fácilmente el dispositivo-cerco sanitario aplicado a los barrios obreros del siglo XIX, o bien al barrio judío hecho por los nazis, y las tentativas para “contener” zonas urbanas, “rojas” llenas de prostitutas y homoxexuales).

En una palabra, el zombie es un peligro antropomorfo (igual que un extraterrestre malvado) con el que no se puede tratar humanamente, es el otro desprovisto de cualquier calidad humana, o debiéramos decir cualquier cualidad burguesa).

Al final, la amenaza zombie da la pauta a las futuras interacciones tal como sucedía con los “indios salvajes” del pasado, no hay otra manera de tratar con los zombies que destrozándolos. Después de todo, indios salvajes y zombies se reproducen sin control.

De esta manera el otro (sea el indígena amazónico, el aborigen australiano, el negro africano, y todo aquel cúmulo de pueblos tradicionales explotados por el capitalismo), devienen un peligro mortal para la supervivencia del burgués bien educado. ¡Oh qué tiempos aquellos en que el poder colonial podía aniquilar aldeas irrespetuosas!. A esa añoranza es que responde la emergencia del zombie contemporáneo.

El zombie de nuestros días ofrece a la actual moral de Occidente la oportunidad de aniquilar multitudes sin remordimientos.

Ahora bien, lo más aterrador del caso zombie es que parece presentarnos un cruel espejo de nuestra propia sociedad capitalista.

El zombie autómata irreflexivo, aquel que no se pertenece así mismo, es el más claro correlato de un moderno esclavo. El amo convertido en esclavo de los objetos que construye, el zombie autómata de nuestros días tiene mucho que enseñarnos sobre el peor de nuestros miedos, miedo a que sea real en nuestras vidas.

Se trata nada menos que el hombre enajenado descrito por Carlos Marx, aquel cuya autopercepción, su autoreconocimiento y autoconciencia, están atravesados, instrumentados, y controlados por otro, en este caso el capitalismo.

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Marx señalaba el hechizo místico del capital que despojaba a los hombres de la capacidad de reconocerse como sujetos, forjadores y creadores de su propia realidad. Las cosas, las mercancías, y las capacidades tecnológicas, parecían asumir (para una humanidad enajenada, despojada de sí misma), el papel activo de la historia.

El capitalismo convertido en dueño y señor de los seres humanos, de la Tierra y de la vida toda, hoy en día asistimos como autómatas, como testigos pasivos zombies, ante los despliegues más brutales del gran capital y su fetichismo tecnológico cuya única divisa es su propio avance, su crecimiento, aunque sea sin seres humanos y sin vida pues como cualquier zombie, la voracidad del capitalismo devora irreflexiblemente la vida de los seres humanos.

Una sociedad que ya no compra para vivir, sino que vive para comprar, que vive para trabajar, que vive para el capital, es una sociedad que no se pertenece así misma, está enajenada.

La impotencia de nuestras sociedades es análoga a la de una tuerca que mira impotente el camino al principio, y el derrumbe de la locomotora a la que está unida. Pero esta es sólo la actitud de un sujeto que cree ser objeto y asume los intereses del capitalismo como propios.

El problema es que la “infección” de este género de existencia está profundamente arraigada desde la publicidad y la mercadotecnia, hasta la elaboración de “perfiles” en facebook. Tienen esta notable facultad de empatar los intereses del YO con los intereses del capital: compro, me vendo, luego existo.

El principal vehículo mediante el cual el capitalismo inoculó esta no-conciencia zombie, fue precisamente el placer y la autosatisfacción del individuo un individuo voraz sediento de satisfactores inmediatos.

Paradójicamente mientras más se exalta la individualidad y preponderancia del YO, más se le controla, pues es la industria del capitalismo la que más ha invertido en ofrecer los medios y términos con que el YO debe ser “adecuadamente” exaltado.

Vemos aquí al sujeto convertido en esclavo de los sujetos que él produce y consume sujeto a la dinámica e inercia de su industria.

Es así que el ritmo vertiginoso de la civilización contemporánea aniquila la voluntad de millones de personas, obligadas a mantener la maquinaria capitalista funcionando aunque en ello se juegue su vida, y la vida del planeta.

Una multitud autómata que depreda sin conciencia ni control, es precisamente la característica de las sociedades de masas. La multitud enajenada que consume alegremente la droga que le asesina.

Comprar, producir, consumir, opinar y mimetizarse con la masa, serán las exigencias de esta voluntad ajena que impone su ritmo voraz.

No falta un despistado que olvide llevar el último modelo del teléfono de moda, para que una multitud “lo devore” y le obligue a mimetizarse con ella poniéndolo a la moda que el capitalismo desea.

En este sentido no habría más zombie que la moda, peor aún… nada más zombie que la moda zombie.

Escrito por Israel Lazcarro Salgado / http://www.enelvolcan.com/sept2013/290-zombies-del-siglo-xxi-muertos-vivientes-y-esclavos-de-moda

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