Feminismo: el ocaso del grupo humano

La noción de que la violencia es una forma extendida de dominio entre hombres y mujeres, ejercida por lo primeros hacia las segundas, no importa si por una suerte de cuestión biológica o estructural, social, constituye los preceptos de lo que es en toda regla una ideología del odio. El olvido y, sobre todo, la negación, del amor que ocurre entre las personas en pos de una dominación que se abre camino no importa cuándo y dónde es un delirio intolerable que viola principios de convivencia y de humanidad que se manifiestan a diario ante nuestros ojos, que son en suma muchísimo más numerosos que los casos de efectivo odio y dominancia, y que silencia y elimina de la ecuación las causas reales de lo particular de una situación de sometimiento. Tanto como se culpa al capitalismo de ser el gran mal que construye un mundo de injusticias mientras se silencia el origen de la opresión, se cuenta que las mujeres son sometidas como único destino posible, bien porque son consideradas (bajo esa misma ideología) sujetos específicamente más débiles que sus compañeros, bien porque éstos son considerados agresivos y dominadores en lo relativo a su condición de varones (en lo estrictamente biológico) o en la forma en que esa virilidad se ha construido en sociedad. Esta mitología se despega de la realidad y postula sobre un comportamiento humano universal, atemporal y homogéneo, de subjetividad única; no importa quién, dónde y cuándo, si es mujer, estará potencialmente bajo la sombra.

La sociedad de las violencias que tenemos como entorno incita sin lugar a dudas a incorporar a nuestro pensamiento este tipo de teorías que nos hacen enemigos de nuestros semejantes. La exposición a la desconfianza generada por la necesidad normativa de asegurarse un interés particular genera más desconfianza, y estas teorías dan una fingida respuesta a cómo hemos de vernos los unos con los otros. El feminismo no es un acontecimiento casual de nuestro tiempo. Trascendido lo que sería su cuerpo teórico, como fenómeno sociológico debe entenderse así. Tiene, claro, varios significados. Era necesario desnutrir en lo más hondo (las relaciones afectivas) al grupo oprimido para que su lucha deje de enfocarse en su dominación más manifiesta y los grupos peleen en una guerra imaginaria. Además venía muy bien aupar al grupo femenino al horizonte de la producción identificando ésta con una liberación de las labores del pasado (por mucho que éstas fueran de una necesidad mucho más humana). Era necesario catalogar dos grupos, determinar sus diferencias de forma ortodoxa. En suma, es difícil determinar todas las causas que han derivado en una crispación tal y como la que existe hoy día entre los sexos, seguramente porque sólo la proyección histórica del presente alumbre en un futuro un gran motivo.

Una vez que olvidamos observar nuestro entorno como prueba más veraz de nuestro tiempo e incorporamos ideas salidas de otras realidades, nuestra conciencia del presente disminuye. Si estamos convencidos de que esas ideas no provienen casualmente de otras situaciones sino que han sido erigidas falazmente como sintomáticas de una supuesta dolencia común en lo particular de sus supuestos, resulta evidente que el imaginario colectivo que se construye tiene un rumbo establecido. La mujer ha sido ciertamente sometida como grupo en algún pasado (por ejemplo, tras la legislación civil de 1889 en España, que dictaba la sumisión legal de la esposa al marido), y lo es en el presente (por ejemplo, en el entorno de un fuerte patriarcado dogmático dictado por el poder islámico), pero tras una lenta observación y a modo de conclusión preliminar, para marcar un punto y aparte, se puede afirmar y yo afirmo que la Mujer no sufre de ninguna opresión como grupo en los países occidentales. A riesgo de ser polémico, conviene matizar inmediatamente. Por supuesto que la mujer, como individuo, sufre violencia, tan cierto como la sufre el varón, y este es el punto que hay que subrayar. No existe ningún marco legal, ningún imperativo normativo (que son los que primero socavan una diferencia) contra la mujer (de hecho la mujer sufre de sobreprotección legislativa en España y otros lugares, con la Ley de Violencia de Género, lo que es otro asunto). Hoy, el feminismo, como ideología ultraconservadora, como perpetuador, cuando lo es, de esta idea de dominación infinita, sobrevive aupado por un poder institucional descomunal repitiendo machaconamente que la mujer en España sufre de una opresión cultural, pues es evidente que no existe ley por sexo discriminatoria desfavorable al género femenino (lo que si ocurrió y ocurre en los ejemplos detallados).

La dominación cultural es la gran batalla del feminismo recalcitrante. El feminismo incide con más fiereza cuando identifica ciertos usos comunes, como el lenguaje, con una dominación cultural, porque asume premeditadamente que esas construcciones sociales se usan deliberadamente por los sujetos para desprestigiar o hacer sentir de menos a las mujeres, aunque en la mayoría de los casos, esos usos sólo son depositarios de una connotación violenta y no es propósito de la persona que los sufre o emplea esgrimirlos como armas de dominio. Como se ha visto, en el pasado se encuentran ejemplos de una dominación efectiva, más que como resultado de una activa agresión entre sujetos, como resultado pasivo de una legislación cruel sobre las personas que termina determinando actitudes cotidianas. De ese contagio surge efectivamente violencia, una cierta violencia hacia un género, tanto como surgen violencias transversales a muchos otros ámbitos de la vida. La especificidad de la violencia de género es una maldad que incita a medir toda forma de violencia como un deliberado intento por someter a la mujer. Este monstruoso gráfico que presenta Amnistía Internacional da buena prueba del estado de delirio en que se haya una mujer hoy día, casi obligada a creer en todos estos mensajes que la bombardean.

11350622_831595946932396_5185352584033297479_nA pesar de esa ausencia de voluntad de someter a nadie que poseemos una gran mayoría social a la hora de la convivencia, efectivamente la mujer puede sentirse oprimida, en parte por la carga residual que determinado elemento pueda contener como represivo, en parte porque sufre de una intervención de su conciencia casi insalvable hoy día. Amenazar, gritar e insultar a una mujer aparecen en ese gráfico como formas de violencia de género visibles, recubiertas con el peso de una cierta objetvidad, determinando que en una situación agresiva, el mismo acto del insulto verbal, la amenaza o la voz alzada tienen por objeto subyugar al otro sólo por el hecho de ser mujer y no por la cuestión concreta de esa disputa, que es en última instancia siempre su motivo. Las particularidades de situaciones de confrontación entre personas se suprimen y se exige que un varón siempre que insulte a una mujer lo hará porque la considera inferior y así estará ejerciendo una violencia no sobre la otra persona como individuo entero sino sólo a razón de su género. Este planteamiento, estrictamente estúpido y alejado de la experiencia que podemos observar; la experiencia no de otros, sino de nuestras mismas disputas, la forma en que, siguiendo el caso, discutimos con nuestros semejantes; este planteamiento, se evapora a la luz de la constatación de que, cuando discutimos, lo hacemos por una diferencia de opinión, no por un deseo de dominio.

Si esos tres primeros ejemplos resultaban escalofriantes, echar un vistazo a las formas “invisibles” de violencia de género da verdadero pavor. Según esta ortodoxia feminista, ya de alcance internacional, ignorar, culpabilizar o ejercer chantaje emocional sobre una mujer son actos que siempre se cometen como violencia hacia su género, y claro, siempre y sólo lo ejercen varones, pues una mujer chantajeando o ignorando a otra no comportaría una violencia sobre su propio género (?). La mención del lenguaje sexista, como ya se ha dicho antes, comporta esa idea nacida del mismo odio de que una persona desea activamente hacer sentir mal a la otra en el uso de estructuras aprendidas, por ejemplo en el uso del masculino plural para hacer referencia evidente tanto a ellos como a ellas. La cuestión de la conveniencia o no de nuestro lenguaje es un asunto interesante, pero atribuir una violencia sobre la mujer no por parte del lenguaje sino por parte de la persona que emplea ese lenguaje constituye un despropósito y una falta de presencia y empatía totales. Como colofón a esta radiografía de los machismos culturales, se expresa ese neologismo indescifrable que resulta ser “micromachismos“, que no tiene una definición cerrada y bajo el que caen, basicamente, todos aquellos comportamientos que una mujer detecte como dominadores. ¿Qué no detectará una mujer instruida en este tipo de decálogos de la violencia de género como potencialmente machista? Ya ocurre. Usos sociales desde el lenguaje hasta las formas más celulares de convivencia, como la familia, son objeto de violencia de género bajo estos planteamientos. Las publicidades son siempre machistas y el varón jamás está expuesto, cosificado. Los cánones de belleza son dominadores para ellas pero no para ellos. Las secretarias son señoreadas por el ejecutivo pero la mujer jefe emprende y emplea. La mujer es siempre objeto del agravio y la sociedad conspira activamente desde cada sujeto y no sólo desde las alturas para denigrar al sexo débil. Esta es la cosmovisión del odio, una que dibuja una sociedad orquestada desde arriba para oprimir sólo a las féminas a través, en estos tiempos, del entorno cultural, pero también que achaca a cada sujeto varón la culpa de la opresión sobre las que son sus compañeras. Los varones permanecemos ajenos a una dominancia cultural brutal, al parecer, y de sufrirla, no la sufrimos como una violencia sobre nuestra condición de género, sino según otros vectores.

Así de potentes relucen la gran contradicción y el sinsentido del feminismo actual. Mi opinión en cierto momento fue otorgar al feminismo cierta relevancia para cotejar cuestiones de género. Actualmente desposeo a toda corriente autodenominada feminista que suscriba estos principios de acierto alguno. Hasta la fecha, estos planteamientos me parecen completamente dañinos y no aciertan a poner en común soluciones; primero, no aciertan a identificar problemas reales, mas bien aciertan a despistar y embotar las mentes. En la actualidad de mi entorno afirmo que la mujer no precisa de una defensa de su género como grupo y sí precisa de una puesta en común con sus semejantes para atajar violencias que nos afectan como individuos indistintamente de nuestro sexo. Antes que nada, no creo en la Mujer como grupo, pues existen otras cuestiones sobre las que pivota nuestra pertenencia en esta sociedad (por ejemplo nuestros intereses horizontales, de grupo humano; nuestro rango de poder o capacidad adquisitiva). En este sentido el feminismo sigue fragmentando y planteando, cada vez con alcance más global, cuestiones que impiden esa puesta en común e implantan un odio visceral entre nosotros, ya casi en cada acto de contacto en la convivencia. También creí en que cierta corriente subalterna arrimada al feminismo supiera desentrañar una verdadera opresión femenina y supiera encontrar los problemas y proponer una lucha. Actualmente no; no creo que la mujer posea como grupo ninguna lucha concreta, pues ya he dicho que no creo en tal grupo. Cualquier división entre géneros y/o sexos en este punto del camino me parece una derrota abismal; cualquier organización destinada a salvaguardar intereses exclusivos, condenada a ser instrumentalizada para desgajar aún más nuestra capacidad de encuentro. En suma, cualquier corriente de pensamiento que detecte “asuntos de las mujeres”, ya se llame feminismo o no, me resuena incierta y errada en identificar problemas humanos reales y su libre planteamiento y existencia dentro del marco de la libertad de pensamiento serán utilizados para dividir y vencer.

Fuente: https://alencuentrodequienbusca.wordpress.com/

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